sábado, 18 de febrero de 2012

Giordano Bruno

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Durante unos momentos interminables ningún sonido rompió el silencio de la sala y los jueces y clérigos contemplaron sin abrir la boca a aquel hombre acabado, aquel ser humano que ahora muy bien hubiese podido pasar por un mero montón de harapos esparcidos encima del suelo de mármol. Finalmente Bruno levantó la cabeza, recorrió la estancia con mirada impasible y serena y, con voz potente que parecía negar su lamentable estado físico, declaró: Maiori forsan cum timore sententiam in me fertis quam ego accipiam... (El miedo que sentís al imponerme esta sentencia tal vez sea mayor que el que siento yo al aceptarla.)
Y con esas últimas palabras, el prisionero fue sacado a empujones de la sala y devuelto a su lúgubre celda carente de ventilación, apenas un agujero de dos metros cuadrados en el que había pasado la mayor parte de los últimos siete años y donde sus pies fueron encadenados a una argolla incrustada en el suelo de piedra, con el lento goteo del agua helada que resbalaba por los muros y los correteos de las ratas por únicos sonidos.
 
Durante las largas y oscuras horas, horas que se habían ido acumulando para convertirse en días que luego se volvieron años, Giordano Bruno tuvo que haber meditado muy profundamente en lo que estaba haciendo, e incluso en quién era y lo que defendía. Nunca se había tenido por un enemigo del catolicismo, pero había creído que podría «convertir» a sus carceleros, convenciendo de sus ideas al mismo Papa. En principio, al menos, había considerado que aquello era factible. Había recorrido Europa aprendiendo y enseñando. Entró en contacto con el calvinismo, investigando la doctrina de Lutero y descubriendo que tenía muchos defectos. Había estudiado las enseñanzas de los antiguos, encontrando luz y sustancia en las más antiguas filosofías y creencias precristianas. Después había descubierto el pensamiento copernicano y había emprendido sus propios experimentos del pensamiento, llevando a Copérnico mucho más lejos de lo que jamás hubiera creído posible el monje polaco. Bruno había llegado a la conclusión de que el universo era infinito y que no podía haber ningún Dios personal, unas ideas que medio siglo después servirían de base a la teología panteísta y radicalmente anticlerical de Spinoza. Y Bruno se había dado cuenta de que en semejante universo infinito tenía que haber infinitos mundos, infinita diversidad e infinita posibilidad. Todo aquello era anatema para una Inquisición y un Santo Oficio que reverenciaban la conformidad, la ortodoxia y la obediencia.
Bruno tenía quince años cuando ingresó en el monasterio de Santo Domenico, cerca de Nápoles, lleno de entusiasmo y nuevas esperanzas, emocionado por la perspectiva de prepararse para el sacerdocio y con la firme intención de llevar una existencia convencional, dedicando su vida a la enseñanza y la oración. Pero conforme iba creciendo, las ideas de la estricta doctrina dominica y sus propias y peculiares creencias empezaron a diverger considerablemente. Bruno aceptó la ordenación, pero nunca fue capaz de poner freno a sus pensamientos y de guardarse para sí sus convicciones heterodoxas. Unas semanas después de serle conferido el sacerdocio, Bruno suscitó primero las sospechas y luego la ira y la censura de sus superiores en el monasterio. Pecando quizá de imprudencia, había mantenido largas discusiones sobre la filosofía de Aristóteles con sus colegas, tratando de poner al descubierto las muchas inconsistencias que veía en ella. Después había empezadoa cuestionar sutilmente la doctrina de la Trinidad. Pero, para empeorar más las cosas, luego se le ocurrió escribir una historia satírica, El arca de Noé, en la cual hacía sesgadas pero burlonas referencias a los creyentes que no sabían pensar por sí solos. Lo peor fue que se atrevió a afirmar que aquellos a quienes la Iglesia calificaba de herejes, aquellos que expresaban opiniones religiosas situadas fuera del ámbito de la Sagrada Biblia, quizá no fueran todos unos ignorantes condenados a las llamas del infierno. Adoptando las ideas de la fe arriana, en la que la Trinidad era considerada una mera invención humana y Cristo la primera «creación» de Dios, Bruno había seguido manteniendo acaloradas discusiones con los otros monjes del monasterio.
Pero lo que realmente selló su destino e hizo de él un paria dentro del monasterio fue el que se supiera que había leído textos prohibidos, las obras de místicos y alquimistas. Un hermano, Bruno nunca llegó a descubrir quién, fue el que lo denunció después de haberlo sorprendido en el retrete leyendo a Erasmo. La falta estaba considerada de tanta gravedad que el prior Ambrogio Pasque, quien ya se había hartado de su díscolo pupilo, no vaciló en comunicar lo ocurrido al padre provincial para que Bruno respondiera a la acusación de herejía, un crimen que conllevaba la excomunión y, en casos extremos, la muerte por el fuego.
A aquellas alturas, Bruno ya había comprendido que la vida monástica no estaba hecha para él. Todos sabían que era un intelectual excepcionalmente dotado y agraciado con el don de la elocuencia, algo que ni siquiera el prior podía negar. Pero también saltaba a la vista que era peligrosamente sagaz, un subversivo al que más valía aislar. Y sabiendo cómo se habría cerrado la red para atraparlo, Bruno optó por la huida para no tener que enfrentarse al inquisidor local. Con todo, semejante decisión lo obligó a llevar una vida sin hogar. Nunca podía quedarse mucho tiempo en el mismo sitio, nunca se sentía seguro. Unos meses después fue excomulgado in absentia y se convirtió en fugitivo, con la mirada vuelta hacia el futuro pero perpetuamente en guardia. Ahora estaba condenado a cargar con las consecuencias de su pasado, y sus enemigos lo perseguirían por toda Europa durante el resto de su vida.
El temperamento de Bruno, y particularmente su insistencia en la libertad intelectual, hicieron de él un perfecto hombre de su tiempo. Pero, debido a sus opiniones radicales, pasaría toda su vida en conflicto con la Iglesia. Al igual que Galileo después de él, Bruno había nacido en el lugar y el momento menos adecuados para llevar una vida dedicada a difundir lo que estaba considerado por muchos como una extrema herejía. Si hubiera vivido en el norte de Europa como Martín Lutero —o sólo con que hubiera sido un poco más astuto, como Erasmo—, habría podido disfrutar de la ancianidad. En vez de ello, Bruno buscó deliberadamente el peligro y la controversia y nunca rehuyó el enfrentamiento con sus adversarios.
Sabía que sus ideas resultarían inaceptables para el régimen del catolicismo, ya que los intereses del Vaticano hacían que la Iglesia se hubiese atrincherado en el dogma y el oscurantismo. La Iglesia predicaba que la Eucaristía suponía la comunión real, física y espiritual, de Dios con los fieles, mientras que Bruno únicamente veía en ella un ritual que unificaba distintos aspectos de Dios. En su filosofía panteísta, los mismos fieles eran Dios y el pan y el vino eran elementos de lo divino. La Iglesia mantenía que las ideas de Aristóteles eran la única descripción apropiada del mundo físico, y Bruno disfrutaba desmenuzándola y poniendo al descubierto sus obvias inconsistencias. La Iglesia se tenía a sí misma por la única fe verdadera, y Bruno dedicó toda su vida a articular una filosofía que amalgamaba el catolicismo con el racionalismo, el hermetismo y las antiguas religiones. La Iglesia rechazaba de plano la existencia de lo oculto (a pesar de lo cual quemaba a las brujas y perseguía a los alquimistas por heréticos), en tanto que Bruno utilizaba las ideologías del ocultismo como una de las diversas maneras de revelar la Verdad y alcanzar la iluminación. La Iglesia quería sembrar la confusión, dominar, suprimir verdades incómodas y revelar a los fieles únicamente las cuestiones esenciales de la doctrina, mientras que Bruno propugnaba la libre circulación de la información y el intercambio de conocimientos, y estaba a favor del cambio, el debate y la libertad de pensamiento.

Cortesía de Mario Jorge. Muchas gracias. Un libro muy interesante.

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