viernes, 14 de noviembre de 2014

El corcel corría



 
 
El corcel corría, corría sin detenerse,
y árboles, rocas, castillos y aldeas
 pasaban a su lado como una exhalación.
Nuevos y nuevos horizontes se abrían ante su vista;
que se borraban para dejar lugar a
 otros más y más desconocidos.
Valles angostos, herizados de colosales
 fragmentos de granito que las tempestades
 habían arrancado de la cumbre de las montañas;
 alegres campiñas, cubiertas de un tapiz de verdura
y sembradas de blancos caseríos;
desiertos sin límites, donde hervían
 las arenas calcinadas por los rayos de un sol de fuego;
vastas soledades, llanuras inmensas, regiones de eternas nieves,
donde los gigantescos témpanos asemejaban,
destacándose sobre un cielo gris y oscuro,
blancos fantasmas que extendían sus brazos
 para asirle por los cabellos al pasar, todo esto,
y mil y mil otras cosas que yo no podré deciros,
 vio en su fantástica carrera, hasta tanto que,
envuelto en una niebla oscura,
dejó de percibir el ruido que producía
n los cascos del caballo al herir la tierra.

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