domingo, 16 de noviembre de 2014

Una simple apariencia


Ese crepúsculo, soñó con la estatua.
La soñó viva, trémula:
 no un atroz bastardo de tigre y potro,
sino a la vez esas dos criaturas vehementes
y también un toro, una rosa, una tempestad.
Ese múltiple dios le reveló
que su nombre terrenal era Fuego,
que en ese templo circular
 le habían rendido sacrificios y culto
y que mágicamente animaría
 al fantasma soñado,
de suerte que todas las criaturas
excepto el Fuego mismo y el soñador,
 lo pensaran un hombre de carne y hueso.
Le ordenó que una vez instruido en los ritos,
 lo enviara al otro templo despedazado
 cuyas pirámides persisten aguas abajo,
 para que alguna voz lo glorificara
en aquel edificio desierto.
En el sueño del hombre que soñaba,
el soñado se despertó.

 
En un alba sin pájaros
 el mago vio cernirse contra los muros
el incendio concéntrico.
Por un instante, pensó refugiarse en las aguas,
pero luego comprendió que la muerte
venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos.
Caminó contra los jirones de fuego.
 Estos no mordieron su carne,
 éstos lo acariciaron y lo inundaron
sin calor y sin combustión.
Con alivio, con humillación, con terror,
comprendió que él también era una apariencia,
que otro estaba soñándolo.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario