domingo, 7 de diciembre de 2014

Tras la guerra.


 Ahora todos hemos vuelto ,
cada uno a su arroyo y por su camino,
 y vemos el mundo antiguo,
matorrales y laderas,
con ojos más tranquilos y cansados
pensamos en los amigos que están enterrados,
y sólo sabemos que así tenía que ser,
y lo sobrellevamos con tristeza.
Pero las hermosas aguas siguen bajando,
blancas y azules, por la montaña parda,
y cantan la vieja canción,
y el viejo arbusto está lleno de mirlos.
Ninguna trompeta resuena desde la lejanía,
y la gran época consiste de nuevo
 en días y noches llenos de encanto,
y en mañanas y tardes, mediodías y crepúsculos,
 y el paciente corazón del mundo continúa latiendo.
Cuando nos tendemos sobre el prado,
con el oído pegado a la tierra
, o nos asomamos al agua desde el puente,
 o contemplamos largamente el cielo claro,
podemos oír este corazón grande y tranquilo,
 que es el corazón de la madre,
cuyos hijos somos nosotros.
 
Allí estaban prados y viñedos,
y bajo el puente, aquel atardecer,
el arroyo sollozaba en la oscuridad
 y se estremecían los matorrales húmedos,
y encima se extendía y pagaba un cielo vespertino,
fríamente rolado; pronto sería la hora de las luciérnagas.
No había aquí ninguna piedra que yo no amara.
 Ninguna gota de la cascada a la que no estuviera agradecido,
que no procediera directamente de las cámaras de Dios.



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