jueves, 24 de septiembre de 2015

Qué pena si este camino . . .







¿Y no será que el Creador de esta realidad oscura que vivimos nos habla en un lenguaje que no corresponde al nuestro? ¿Y que lo que percibimos como meros hechos naturales, a los cuales aplicamos nuestro paciente análisis racional, son palabras, signos mediante los cuales el Creador quiere revelamos nuestro verdadero destino? No es la transformación del gusano en mariposa, como ningún otro hecho físico, un fenómeno cuyo sentido acabe en sí mismo, sino un jeroglífico que se refiere a otra cosa. De esta sospecha nació la antigua nigromancia. Sin embargo, la vieja interpretación de los signos pudo ser desenmascarada por la ciencia como un falso artificio, porque se aplicaba a casos particulares y circunstanciales exclusivamente. El gran poeta es otra vez capaz de ver los hechos de la naturaleza con ojos de augur o nigromántico. Las cosas son para él signos que es necesario traducir a lo humano en su dinamismo vital, ya que se refieren a ese mundo imaginado hacia el que se dirige el destino del hombre. De ahí su prestigio de vaticinador, pues llega a la verdad por una vía más real que la que sigue la interpretación analítica, la cual percibe estáticamente el hecho natural, porque sólo así puede practicar en él una disección; y llega, además, a una verdad más alta: la que de un simple hecho trasciende a un universal destino.
Es indudablemente en un plano metafísico en el que se halla situada la poesía de León Felipe. Esto no puede perderse de vista en ningún momento si queremos entenderla cumplidamente. Es fundamentalmente una poesía religiosa. Reducida a esquema, éste seria, en último extremo, el diálogo del hombre con Dios. Ahora bien, a diferencia de toda otra poesía religiosa española, ésta no asciende a Él, sino que tira de Él hacia la tierra; no es un canto que se remonta a las altas esferas; es la voz del hombre agobiado por la existencia, bronca, despojada de la gracia del vuelo, la que quiere hacerse oír de Dios. En esta pasión de terrenalidad tenemos que descubrir la más honda significación de la poesía de León Felipe. Nadie más alejado que este poeta del concepto de "poesía pura", de poesía desnuda de elementos extrapoéticos. La poesía pura, como parece concebirla León Felipe, el canto emanado de una realidad luminosa y justa, no pertenece a nuestro mundo.


Cuando nos dice Deshaced ese verso./ Quitadle los caireles de la rima,/ el metro, la cadencia/ y hasta la idea misma. Aventad las palabras, y si después queda algo todavía, eso/ será la poesía.
no nos está dando la fórmula para componer un poema puro. ¿O es que podríamos en justicia darles un valor preceptivo a esas palabras, cuando toda la obra de León Felipe está construida precisamente con la rima, el metro, la cadencia y la idea? ¿Cabe suponer en un poeta que se desdiga a tal grado de su obra? El alcance de sus palabras es evidentemente otro, y éste puede muy bien ser la afirmación de que la sustancia poética del canto del hombre no está en los distintos elementos, significantes y significados, que lo integran y lo hacen posible, sino que de ellos emana, y que al emanar de ellos los anula como elementos separables los unos de los otros. La voz poética del hombre, como de hombre que es, tiene fatalmente que nacer manchada para ser verdadera, impregnada de la realidad antipoética que circunda al hombre, de esa realidad de la cual, al denunciarla, se quiere salvar. No niega, pues, León Felipe la validez del empleo que el poeta hace de tales elementos, sino que, por el contrario, afirma la absoluta necesidad de emplearlos. Pero, al igual que de la "poesía pura", León Felipe se aparta de la "poesía social", ya que no finca el valor poético del verso en ninguno de esos elementos constitutivos.

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