martes, 27 de junio de 2017

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Esta es cómo Santa María sirvió en lugar de la monja que se fue del monasterio.
 "La Virgen María trata siempre de librarnos de faltar y de errar."
 Y nos guarda de faltar, y hasta quiere encubrirnos, cuando caemos en yerros; después nos hace arrepentirnos y venir a la enmienda de los pecados que hacemos.
 De esto, quiero mostrar un milagro que, en una abadía, quiso mostrar la Santa Reina sin par que nos guía.
 Había allí una dueña que, por cuanto he sabido, era una joven hermosa y, además, sabía guardar la regla de la Orden, que ninguna era tan diligente en aprovechar cuanto más podía, y, por ello, le dieron la tesorería.
 Pero el demonio, al que aquello no le placía, le hizo querer de tal manera a un caballero, que no le daba reposo hasta que hizo que se saliera del monasterio, pero antes ella fue a dejar las llaves que traía en el cinturón, ante el altar de Aquella en quien creía.
 "Ay, Madre de Dios -dijo ella entonces en su oración- os dejo este encargo, y a vos de corazón me encomiendo." Y se fue -y no por vivir bien su vida- con aquel que sabía amarla más que a sí mismo, y mucho tiempo duraron con él sus locuras.
 Y el caballero, después que la llevó, hizo en ella hijos e hijas; pero la Virgen de buen prez, que nunca amó la sandez, mostró allí maravillas, porque hizo que echara de menos la vida que hacía antes, y, por ello, que se volviera al claustro en que antes vivía.
 Pero, en tanto ella anduvo, con mal juicio, cuanto a la Virgen dejó encomendado, Ella se lo guardó muy bien, porque se puso en su lugar y dio cumplimiento a cuanto debiera haber hecho, que nada faltaba, según el parecer de quien la veía.
 Pero, después de que la monja se arrepintió y se separó del caballero, no comió ni durmió hasta que vio el monasterio. Y entró en él con miedo, y se puso a preguntar a sus conocidos por el estado del lugar, que quería saberlo.
Le dijeron entonces, sin más: "Tenemos abadesa, priora y tesorera, y cada una de ellas vale mucho, y nos hacen bien, y no mal, en gran manera." Cuando esto oía, se santiguaba, porque entre ellas se oía nombrar.
Y con gran pavor, temblando y descolorida, se fue hacia la iglesia, pero la Madre del Señor le mostró tan gran amor -y bendita sea por ello- que hubo de encontrar las llaves en donde las había puesto, y se fue a buscar los hábitos que antes vestía.
Y en seguida, sin vacilar ni tener vergüenza de nada, reunió al convento y contó a todas el gran bien que le hizo la que tiene al mundo bajo su manto; y para probárselo hizo llamar a su amigo para que lo contase.
 El convento lo tuvo ciertamente por muy gran maravilla despues que vieron que era cosa probada, diciendo que nada tan hermoso -por San Juan- nunca les fuera contado, y se pusieron a cantar, con alegría grande: "Dios te salve, Estrella del Mar, Luz del día."




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