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sábado, 26 de enero de 2019
sábado, 23 de mayo de 2015
El miedo nunca es inocente.
Una de las muchas consecuencias de El bucle melancólico es que secuestró de la poesía a Jon Juaristi para casi encerrarle en la ingrata tarea de explicar precisamente los perfiles del bucle. Resulta innegable que incluso los títulos de sus obras reviven el espíritu poético que le circunda interiormente. Jon Juaristi (Bilbao, 1951) tomó prestada de Freud y de Javier Viar (que la utilizó en un artículo publicado en EL PAÍS en 1989) la definición fieramente poética que titula su penúltimo libro. El bucle melancólico bien pudo haber sido un libro poético. El último, Sacra Némesis, no le anda a la zaga, más propio acaso de la poesía clásica. Ciertamente no puede culparse en exclusiva a la vorágine del bucle de su secuestro poético. La poesía puede ser un arma cargada de futuro, pero jamás dispondrá de presente. Cuando se ha leído la poesía de Jon Juaristi y, lo que no es menos importante, se le ha oído en su propia voz en las tertulias de sobremesa, se puede entender que el éxito de El bucle... no sea únicamente fruto de la lucidez intelectual sino, también, de la impronta literaria. Se podrá discutir si existe un análisis mejor sobre el asunto vasco (¿cómo llamarlo si no?), pero difícilmente habrá uno mejor escrito. El bucle vasco, sin embargo, ha engrandecido al polemista que todo intelectual sosegado debe cultivar. La televisión ha hecho lo indecible por ahogar la intensidad del polemista. Los ha creado de oficio y beneficio, matando el espíritu de la polémica, concebida ahora como pura expresión del vocerío. Una intención tan deliberada como la que anima confundir anarquía y caos o sexo con matrimonio. Jon Juaristi tiene la discusión metida en el cuerpo, la duda como garantía de libertad, el cambio como factor de evolución. Como polemista rotundo, habla en voz baja y tiende a los excesos. No en vano reconoce en Sacra Némesis el magisterio de Gabriel Aresti, al que define como "amante de la paradoja, un profesional de la polémica y un gran escritor". Gabriel Aresti, sin embargo, hablaba alto y sonante, que es cosa distinta a un discurso altisonante. Las idas y vueltas de Jon Juaristi son tan profundas en unas ocasiones como provocadoras en otras. Ex nacionalista, ex trotskista, ex comunista, llegó incluso a afiliarse a Unidad Vizcaína, un remake de Unidad Alavesa, como quien aplica un antibiótico al resfriado. La provocación también puede ser estética y de provocaciones políticamente correctas existe un cierto hartazgo. Aquel profesor del Instituto Miguel de Unamuno de Bilbao (¿cuál si no?) que asomaba a la poesía tuvo a bien contravenir el orden establecido reclamando la jerarquía del filosofo bilbaíno. Fue acaso su primer agujero en el bucle. No fue el primero y el último que lo hizo (ni que le hizo), pero sí el más voraz, con la frescura de la juventud y el placer de la libertad. Porque Jon Juaristi es unamuniano en el fondo y en la forma, con el debido tamiz que reclama el paso del tiempo. El valor de la lucidez Catedrático de Filología Española en la Universidad del País Vasco, el Premio Nacional de Ensayo que obtuvo por El bucle... ha supuesto la lanzadera de la trascendencia. Los debates sobre el País Vasco suelen escapar con dificultad a los límites geográficos del propio país. Es una cuestión natural: la reflexión sobre el país responde más a una obsesión centrífuga que a una necesidad centrípeta. De vez en cuando ocurre que el análisis encuentra la media distancia (ésa que Jon Juaristi otorga al libro como medio de comunicación), en trabajos concretos (Javier Viar, Fernando Savater, Juaristi y algunos otros) menos apegados al momento y tan necesariamente discutidos (consigo mismo, con los demás) como discutibles. Nada resulta más enternecedor que la descalificación de Jon Juaristi por su caracter provocador (tanto desde el nacionalismo como desde el progresismo), como si su actitud fuera políticamente incorrecta. ¿Y qué debe ser, pues, un intelectual, sino tan fiero como riguroso, tan desmedido como abierto, tan insultantemente libre? O dicho de otro modo: ¿puede un intelectual ser políticamente correcto, comedido, austero y connivente, esa falsa dialéctica que identifica tales condiciones con la cualidad de la sensatez. De Jon Juaristi se agradece sobre todo la lucidez y su convicción de que el miedo nunca es inocente.viernes, 13 de marzo de 2015
Hombres nuevos
Si analizásemos los procesos históricos modernos desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, descubriríamos una idea motriz común, presentada bajo diversos ropajes. Tal idea (por supuesto demencial, pero expuesta siempre con ardor desmelenado y fatua convicción) postula que se puede romper drástica y radicalmente con el pasado, fundando una nueva época que cristaliza en hombres nuevos, proyectados hacia un futuro esplendente a lomos del progreso. Esta idea, tan optimista como mentecata, de refundación de la Historia y regeneración humana está en la médula del espíritu revolucionario y se resume en la frase del genocida Jean-Baptiste Carrier, que después de encerrar a miles de antirrevolucionarios en barcos que hizo hundir exclamó exultante: «Convertiremos Francia en un cementerio si no podemos regenerarla a nuestro modo». Todos los movimientos políticos de los dos últimos siglos han hecho propio este desiderátum psicopático, cuyos orígenes debemos buscar en Descartes.
En su celebérrimo Discurso del método, Descartes propone una visión mecanicista de la naturaleza que, aplicada a la sociedad, inspiraría esta funesta idea de 'resetear' el mundo, empezando naturalmente por el hombre. Una vez que el mundo es concebido como una suerte de teorema matemático, resulta inevitable que tarde o temprano surja el deseo de fabricar un mundo más perfecto, habitado por hombres que se hayan despojado de las cargas y gravámenes antiguos (¡el odioso pecado original!), para convertirse en una raza de dioses que imponen su sacrosanta voluntad sobre la realidad, remodelándola, negándola, refutándola y, en caso de que tales técnicas se revelen estériles (como suele ocurrir, porque la realidad es muy tozuda), haciendo como si no existiese. Este voluntarismo vesánico (y a la vez irrisorio) daría lugar a una serie de deformaciones racionalistas que ahora no tenemos tiempo de analizar: revisionismos históricos, idealismos filosóficos y constructivismos antropológicos de toda índole, con frecuencia aberrantes y casi siempre desquiciados.
Naturalmente, al mecanicismo cartesiano se sumarían luego otras corrientes de pensamiento que contribuyeron a esta tarea de regeneración humana. El naturalismo de Rousseau propiciaría el advenimiento del primer 'hombre nuevo' con nombre propio, el 'ciudadano', que puede guiarse por su voluntad benéfica e infalible, autónoma y soberana. Las hipótesis de Darwin, por su parte, servirían para soñar con una raza de hombres mejor dotados, tanto en el carácter como en la constitución biológica, capaces de desarrollar un sentido ético (y étnico) superior. Al modernismo religioso, por su parte, no le bastó con que la Redención hubiese beneficiado espiritualmente al hombre caído, sino que imaginó al ser humano en un perenne estado de perfectibilidad que lo llevaría (según la alucinada escatología de Teilhard de Chardin) a fundirse con Dios, en un afrodisiaco punto G (perdón, quería decir punto Omega).
Este mito de la perfectibilidad humana es el motor (con carburante adulterado) de todas las utopías, que resucitaron el sueño de una Edad de Oro, despojada de la grandeza con que se revestía en las viejas mitologías paganas y acondicionada a la vulgaridad con olor a berza cocida y estufa mal purgada de las ideologías, que han ido evolucionando desde las orgullosas proclamas del racionalismo más infatuado al vómito balbuciente y sentimental de la razón hecha trizas (según aquel infalible principio mecánico y biológico que nos enseña que todo lo que sube baja). Sobre los quiméricos 'hombres nuevos' soñados por el comunismo, el fascismo o el nazismo nada diremos, pues ya han sido sobradamente diseccionados y hasta vulgarizados por el cine de Hollywood y los tertulianos más analfabetos. Mucho más interesante se nos antoja la figura del 'hombre nuevo' democrático, que en parte es el hombre-masa de Ortega (un hombre orgulloso de su vulgaridad, engolosinado en su bienestar, que sólo se guía por sus apetitos, mientras cree aseguradas la estabilidad política y la seguridad económica), en parte el hombre unidimensional de Marcuse (dedicado únicamente a producir y consumir e idiotizado por los mass media) y en parte el hombre programado de Skinner (un producto de la ingeniería social cuya conducta y pensamiento están inducidos, incluso determinados por el medioambiente, lo cual lo hace felicísimo)
II
. La democracia plantea un problema acaso irresoluble, que es el de la representación política. A la gente se le dice que, a través del voto, elige a sus gobernantes, que estarán obligados por un mandato representativo a atender las peticiones de sus votantes. Pero lo cierto es que tal representación política nunca ha sido plena; y, en las democracias de nuestra época, puede decirse sin temor a la hipérbole que tal representación es casi nula, pues los gobernantes están al servicio del Dinero, que es el que les da las órdenes. Si la gente cayese en la cuenta de que no existe representación política, se podría desencadenar una revolución que aniquilase este contubernio del poder político y el Dinero; y para que esto no ocurra, se arbitra entonces una emplearemos la misma expresión que Platón utiliza en su República «sublime mentira» que haga creer a la gente que su voluntad es soberana y los gobernantes de desviven por atenderla. Así se crea el mito del hombre nuevo democrático, que, a diferencia del hombre nuevo de los totalitarismos, no surge tras un periodo de violencia revolucionaria, sino de manera pacífica, hasta alcanzar lo que Augusto Comte llamaba el «estado positivo de la Humanidad», que a su juicio (¡y tenía razón, el muy bellaco!) se lograría a través de la propaganda y la educación. En esta misma idea abunda Marcuse, quien señala que «la democracia consolida la dominación de manera más eficiente que el absolutismo», sin necesidad de recurrir al «terror explícito». En un artículo anterior señalábamos que el hombre nuevo democrático era una mezcla del hombre-masa de Ortega, el hombre unidimensional del mencionado Marcuse y el hombre programado de Skinner. Detallaremos ahora un poco más el proceso que se sigue para lograr esta metamorfosis, cuyo fin último no es otro sino crear por sugestión el espejismo de que somos titulares del poder político, cuando en realidad solo somos sus felpudos. Para que tamaña sugestión cale en la llamada 'conciencia colectiva', es preciso actuar primeramente sobre las mentes humanas, logrando la desconexión plena entre sus estructuras intelectivas superiores (allí donde residen las funciones específicas del pensamiento, la capacidad de juicio y la responsabilidad) y los impulsos vitales, de tal manera que estos dejen de estar controlados por la inteligencia y se conviertan en meras expresiones de la voluntad. De este modo, mediante la desconexión de inteligencia y voluntad, se logra salvar el reparo fundamental que los partidarios de la aristocracia han hecho a la democracia, pues como atinadamente observaba Donoso Cortés, «si las inteligencias no son iguales todas, todas las voluntades lo son. Solo así es posible la democracia». Una vez lograda esta desconexión, al hombre nuevo democrático se le infunde la ilusión de que sus deseos e impulsos vitales, puesto que son la expresión más 'auténtica' de su voluntad, deben ser atendidos por el Estado. Pero no hay organización política que pueda atender simultáneamente millones de deseos salidos de millones de voluntades: por eso el gobernante recto no atiende deseos personales, sino que procura atender el bien común; y por eso el gobernante degenerado, para infundir la ilusión de que atiende deseos personales, necesita que todas las personas deseen lo mismo, para lo que es preciso convertirlas en masa gregaria. Este proceso de masificación social, tan crudamente animalesco, era realizado en los regímenes totalitarios con métodos expeditivos y carentes de delicadeza, pero en las democracias se realiza con métodos mucho más finolis y recatados, mediante la exaltación de la igualdad, una golosina que a todos gusta, pues es el homenaje que la democracia rinde a la envidia. Esta utilización espuria de la igualdad como «camino hacia la esclavitud» o coartada para la masificación y uniformización de los pueblos ya fue vislumbrada por Tocqueville en La democracia en América: «Todo poder central que sigue sus instintos naturales ama la igualdad y la favorece; pues la igualdad facilita singularmente la acción de semejante poder, lo extiende y lo asegura (...) Se puede decir, igualmente, que todo poder central adora la uniformidad, pues la uniformidad le ahorra el examen de una infinidad de detalles de los que debería ocuparse si hiciera las reglas para los hombres, en lugar de hacer pasar indistintamente a todos los hombres bajo la misma regla».
III
En su obra Echar raíces, Simone Weil escribe: «El arraigo quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro. [...] El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, tiene la necesidad de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual de los medios de los que forma parte naturalmente». Para alcanzar la masificación de la que emerge el hombre nuevo democrático, es preciso desarraigar al ser humano, arrancar las raíces que lo nutren de una vida moral, intelectual y espiritual. Debe comenzarse, por supuesto, con el desarraigo espiritual, pues es en su enraizamiento con Dios donde el hombre encuentra explicaciones a su razón de ser en el mundo, a su procedencia y destino final. Una vez logrado este desarraigo espiritual, nada más sencillo que lograr su desarraigo existencial, pues una vida privada de causa y destino es inevitable que acabe pudriéndose, enmarañándose de angustia, entregándose al vacío existencial, flotando en el marasmo del tedio o de la búsqueda desnortada de analgésicos que mitiguen su pudrición, su angustia, su vacío y su tedio. Este desarraigo existencial, que es ruptura de los lazos cordiales que nos vinculan a una realidad iluminada desde lo alto, acaba inevitablemente engendrando también desarraigo intelectual, porque la insatisfacción con un mundo que hemos dejado de entender nos obliga a concebir idealismos y utopías que nunca se realizan, agigantando nuestra conciencia de fracaso. Y, a la vez, se produce también el desarraigo moral: una vez rotas las raíces con los mandatos religiosos, el hombre desarraigado se ve obligado a suplirlos con su flaca voluntad; pero ya explicábamos en un artículo anterior que a los hombres nuevos democráticos se les ha dicho que su voluntad soberana se expresa mediante el ejercicio de sus impulsos vitales, por lo que resulta lógico que (salvo unos pocos espíritus privilegiados) se guíen por el interés propio y la satisfacción de sus deseos, apetitos y conveniencias. Este desarraigo conlleva la progresiva destrucción de los vínculos humanos, empezando por la familia, y hace imposible una comunidad política concordante en los fundamentos que garantizan su supervivencia. Pues lo que caracteriza a los hombres desarraigados es su discordancia en lo fundamental (cada uno profesa un idealismo o utopía distintos), su individualismo orgulloso y egoísta, que los conduciría a la aniquilación (bien porque acabarían a la greña, bien porque se resignarían al aislamiento y la incomunicación), si no fuera porque el poder, muy taimadamente, les ofrece, como garantía última de supervivencia, esa «uniformidad» a la que se refería Tocqueville. Una vez destruida aquella «colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro» a la que se refería Weil, a estos hombres desarraigados no les queda otra salida sino resignarse a convertirse en masa, en una sociedad de hombres unidimensionales en la que según explicase muy atinadamente Herbert Marcuse todo está estandarizado, uniformizado, pasado por el tamiz del conformismo social; y donde las necesidades de los individuos desarraigados están inducidas por los intereses del poder, que puede obligarlos (¡sin necesidad de ejercer la violencia!) a comprarse un automóvil, o a embrutecerse viendo la televisión, o a aprender el manejo de tal o cual maquinita o programa informático porque, una vez despojado de aquellos vínculos naturales que permitían aflorar las personalidades fuertes, el hombre desarraigado ya no tiene otro medio de afirmar su autonomía (¡su soberana voluntad!) sino realizar vulgares acciones que, sin embargo, el muy memo cree expresión de su irrepetible individualidad, aunque sean las mismas acciones que hacen con levísimas variantes millones de hombres masificados. Para lograr que esa masa de hombres nuevos, a la vez que chapotean en su vulgaridad inducida, crean orgullosamente que sus acciones y pensamientos son distintivos, hay que infundirles la creencia irrisoria de que piensan y actúan 'por libre', de que todo lo que sale de su caletre es auténtico y originalísimo, cuando en realidad no es sino una morralla de prejuicios, lugares comunes y opiniones preconcebidas que otros les han implantado, a modo de chips
IV
Afirmaba Ortega que lo más característico de la sociedad de masas es que las almas vulgares se sienten tan orgullosas de su vulgaridad. Para lograr este birlibirloque genial es preciso infundirles la creencia ilusoria de que piensan por sí solas, cuando en realidad están siendo dirigidas por otros. Tal ilusión se genera consiguiendo que los individuos que conforman la masa desarraigada 'internalicen' una serie de paradigmas culturales que el sistema les impone, para convertirlos en seres pasivos, conformistas y gregarios, sometidos a consignas que confunden con expresiones emanadas de su sacrosanta voluntad. No es, desde luego, un birlibirloque sencillo: para conseguir, por ejemplo, que un paria al que pagan un sueldo misérrimo no repare en que el sistema necesita que tenga pocos hijos o ninguno, para que no nazca en él un impulso natural de dar la vida por ellos (lo que lo llevaría a exigir un sueldo digno, por las buenas o por las malas), hay que borrarle de su cerebro hecho papilla la noción de los derechos derivados del trabajo (derecho a un salario digno, derecho a un trabajo estable, derecho a permanecer en su tierra, derecho a alimentar y educar a sus hijos) e imbuirle la creencia psicopática de que lo importante son los derechos de bragueta, de la anticoncepción al aborto; y no sólo esto, sino hacer creer al paria que tal cretinez no es un chip que han implantado en su cerebro destrozado, sino que es una conquista de su libertad. Este birlibirloque genial se logra, como hacía notar Comte, a través de la educación y la propaganda. Y es que, como afirmaba Sartori en Homo videns, «la voluntad informada del pueblo puede ser también su voluntad menos auténtica». En efecto, las masas no piensan de forma autónoma, sino que asimilan cual rumiantes la alfalfa que se les suministra a través de los mass media, presentada siempre como si fuera su propio pensamiento. Para ello, la propaganda actúa con eslóganes y consignas sobre sentimientos, deseos y emociones, de tal modo que el pensamiento quede eludido (y, a la vez, paulatinamente atrofiado) y la voluntad sea más fácilmente doblegada (y, a la vez, exaltada). A medida que tales eslóganes y consignas logran entablar simbiosis con los sentimientos, deseos y emociones de las masas, su conocimiento de la realidad se empobrece y agosta; y llega un momento en que su libertad queda sometida a esa argamasa entre sentimental y doctrinaria, haciéndose dócil a los lugares comunes más apestosos, que los cerebros hechos papilla toman por ideas originalísimas. Tal proceso se percibe muy claramente en los teleadictos que creen pensar exactamente igual que tal o cual tertuliano (un lorito que repite las consignas que le suministra el negociado de derechas o izquierdas); o en esas masas cretinizadas que enarbolan pancartas con los mismos eslóganes diseñados por la fundación Rockefeller, que sin embargo creen salidos de sus caletres, para entonces convertidos en cementerios de neuronas. Claro que, para conseguir tal sumisión de las masas a los lugares comunes impuestos por el sistema, es preciso alcanzar un nivel de control social que logre que «toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible», tal como establecía Marcuse. Es preciso que la propaganda actúe con tal eficacia que los individuos no puedan reconocer su naturaleza represiva, para lo cual crea «una dimensión única del pensamiento». Naturalmente, pretender escapar de esa dimensión única se percibe por el hombre nuevo democrático como una 'desviación' aberrante que debe ser condenada al ostracismo, como hacían los protagonistas del cuento de Wells El país de los ciegos con el protagonista vidente, al que sólo terminaban aceptando en sociedad después de que se resignara a que le arrancaran los ojos. El hombre nuevo democrático no necesita al poder que ha destrozado su cerebro y su alma para señalar y condenar a los disidentes; puede hacerlo muy orgullosamente él solito, y considerar además que lo hace por altruismo (y, ¡por supuesto!, de forma espontánea y no inducida). De este modo, dejando que sea la propia masa la que vaya aniquilando o absorbiendo toda forma de oposición, se logra el hombre unidimensional que retrataba Marcuse, caracterizado «por su paranoia interiorizada por medio de los sistemas de comunicación masivos». Este hombre unidimensional, incapaz de exigir y de gozar cualquier progreso de su espíritu, satisfecho en su mundo prefabricado de prejuicios y de opiniones preconcebidas, aún deberá ser programado, sin embargo, para alcanzar el estadio de perfecto hombre nuevo democrático; pues así no sólo será un pelele, sino un pelele feliz. Explicaremos este estadio último en la postrera entrega de nuestra serie.
V
En la construcción del hombre nuevo democrático no basta con la deificación de los impulsos vitales (deseos y sentimientos). No basta tampoco con alcanzar ese estado de desarraigo que convierte a las personas y a los pueblos en masa amorfa y estandarizada, a la vez que exalta los individualismos más egoístas. Es preciso que el hombre nuevo democrático 'internalice' los paradigmas culturales que el sistema impone, hasta convertirse en un ser pasivo y gregario, sometido a consignas que confunde ilusoriamente con expresiones originales suyas. Para conseguir que la masa acepte como axiomas los sofismas más burdos, se requiere la imposición de métodos de 'control social' que hagan imposible toda oposición, muy semejantes a los anticipados por Aldous Huxley en Un mundo feliz. En esta novela, tal control se lograba mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente, durante las horas del sueño; en nuestra época se logra a través de la saturación mental lograda a través de los mass media, que llegan a convertir al hombre nuevo democrático en un auténtico jenízaro de las ideologías (negociados de izquierdas y derechas) que sostienen el sistema, de tal modo que abrace las calamidades y desgracias que poco a poco lo convierten en un felpudo como logros que lo elevan a una nueva dignidad. Este proceso de alienación (que incluye la creación de un neolenguaje que codifica la realidad en unos parámetros 'políticamente correctos') ha sido sagazmente diseccionado por el pensador marxista Herbert Marcuse, quien sin embargo cree grotescamente así lo afirma en Eros y Civilización que «un desarrollo no represivo de la libido» conduciría a una civilización auténticamente libre; cuando lo cierto es que esta liberación de la libido ha sido junto con la entronización del consumismo el método esclavista que el sistema ha elegido para sumergir al hombre nuevo democrático en un marasmo de placentera irresponsabilidad que confunde con la felicidad. Y, en épocas de crisis, cuando los efectos afrodisiacos del consumismo sólo están al alcance de unos pocos, la liberación de la libido (lo que Chesterton llamaba la «religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad» y nosotros, menos finamente, derechos de bragueta) se convierte en el 'soma' con el que las masas curan sus penas y olvidan su vida desarraigada y sus sueldos misérrimos, hasta alcanzar ese estado de animalización colectiva que hogaño se denomina socarronamente 'felicidad'. Para alcanzar este grado de animalización feliz que completa la fabricación del hombre nuevo democrático es fundamental erradicar el libre albedrío. B. F. Skinner, uno de los máximos exponentes del conductismo, llegó a desarrollar técnicas de «condicionamiento operante» (en realidad ingeniería social) que permiten «programar» al hombre, logrando que su conducta se adecue a lo que el «educador» determina a priori. Y hasta llegó a escribir una curiosa y escalofriante novela, Walden Dos, en la que se describe una sociedad utópica científicamente construida que funciona siguiendo al dedillo tales técnicas. El propósito de Skinner es mostrar las ventajas de esta sociedad idílica; pero, involuntariamente, nos ofrece un catálogo de horrores en donde el buenismo (pues Walden Dos es una sociedad de la que han desaparecido los comportamientos agresivos) y la disolución de la familia fundada en lazos de sangre dan paso a una sociedad tecnocrática donde la resolución de todos los problemas es confiada a la ciencia, mientras la educación se encarga de hacer felices a todos y cada uno de los miembros de tal sociedad, convirtiéndolos en individuos con «capacidad de autorregulación» de su conducta que reaccionan siempre de forma previsible, mediante la repetición idiotizante de conductas 'positivas' que exorcice el fantasma de la depresión. En realidad, tales métodos educativos son los mismos que preconizan los manuales de autoayuda, las terapias de superación personal y demás morrallas euforizantes con las que el sistema trata de tapar las grietas del proceso de fabricación del hombre nuevo democrático, ese pobre y felicísimo pelele que ha sido despojado de su libre albedrío y su autonomía moral. Y todo ello sin violencia, tal como había anticipado Tocqueville: «Es así como cada día el poder convierte en menos útil y en más raro el empleo del libre arbitrio; es así como encierra la acción de la voluntad en un espacio menor. La igualdad prepara a todos los hombres para todas las cosas; los dispone a sufrirlas y a menudo, incluso, a mirarlas como un bien». Disfrutemos como enanos de las conquistas del hombre nuevo democrático.
II
. La democracia plantea un problema acaso irresoluble, que es el de la representación política. A la gente se le dice que, a través del voto, elige a sus gobernantes, que estarán obligados por un mandato representativo a atender las peticiones de sus votantes. Pero lo cierto es que tal representación política nunca ha sido plena; y, en las democracias de nuestra época, puede decirse sin temor a la hipérbole que tal representación es casi nula, pues los gobernantes están al servicio del Dinero, que es el que les da las órdenes. Si la gente cayese en la cuenta de que no existe representación política, se podría desencadenar una revolución que aniquilase este contubernio del poder político y el Dinero; y para que esto no ocurra, se arbitra entonces una emplearemos la misma expresión que Platón utiliza en su República «sublime mentira» que haga creer a la gente que su voluntad es soberana y los gobernantes de desviven por atenderla. Así se crea el mito del hombre nuevo democrático, que, a diferencia del hombre nuevo de los totalitarismos, no surge tras un periodo de violencia revolucionaria, sino de manera pacífica, hasta alcanzar lo que Augusto Comte llamaba el «estado positivo de la Humanidad», que a su juicio (¡y tenía razón, el muy bellaco!) se lograría a través de la propaganda y la educación. En esta misma idea abunda Marcuse, quien señala que «la democracia consolida la dominación de manera más eficiente que el absolutismo», sin necesidad de recurrir al «terror explícito». En un artículo anterior señalábamos que el hombre nuevo democrático era una mezcla del hombre-masa de Ortega, el hombre unidimensional del mencionado Marcuse y el hombre programado de Skinner. Detallaremos ahora un poco más el proceso que se sigue para lograr esta metamorfosis, cuyo fin último no es otro sino crear por sugestión el espejismo de que somos titulares del poder político, cuando en realidad solo somos sus felpudos. Para que tamaña sugestión cale en la llamada 'conciencia colectiva', es preciso actuar primeramente sobre las mentes humanas, logrando la desconexión plena entre sus estructuras intelectivas superiores (allí donde residen las funciones específicas del pensamiento, la capacidad de juicio y la responsabilidad) y los impulsos vitales, de tal manera que estos dejen de estar controlados por la inteligencia y se conviertan en meras expresiones de la voluntad. De este modo, mediante la desconexión de inteligencia y voluntad, se logra salvar el reparo fundamental que los partidarios de la aristocracia han hecho a la democracia, pues como atinadamente observaba Donoso Cortés, «si las inteligencias no son iguales todas, todas las voluntades lo son. Solo así es posible la democracia». Una vez lograda esta desconexión, al hombre nuevo democrático se le infunde la ilusión de que sus deseos e impulsos vitales, puesto que son la expresión más 'auténtica' de su voluntad, deben ser atendidos por el Estado. Pero no hay organización política que pueda atender simultáneamente millones de deseos salidos de millones de voluntades: por eso el gobernante recto no atiende deseos personales, sino que procura atender el bien común; y por eso el gobernante degenerado, para infundir la ilusión de que atiende deseos personales, necesita que todas las personas deseen lo mismo, para lo que es preciso convertirlas en masa gregaria. Este proceso de masificación social, tan crudamente animalesco, era realizado en los regímenes totalitarios con métodos expeditivos y carentes de delicadeza, pero en las democracias se realiza con métodos mucho más finolis y recatados, mediante la exaltación de la igualdad, una golosina que a todos gusta, pues es el homenaje que la democracia rinde a la envidia. Esta utilización espuria de la igualdad como «camino hacia la esclavitud» o coartada para la masificación y uniformización de los pueblos ya fue vislumbrada por Tocqueville en La democracia en América: «Todo poder central que sigue sus instintos naturales ama la igualdad y la favorece; pues la igualdad facilita singularmente la acción de semejante poder, lo extiende y lo asegura (...) Se puede decir, igualmente, que todo poder central adora la uniformidad, pues la uniformidad le ahorra el examen de una infinidad de detalles de los que debería ocuparse si hiciera las reglas para los hombres, en lugar de hacer pasar indistintamente a todos los hombres bajo la misma regla».
III
En su obra Echar raíces, Simone Weil escribe: «El arraigo quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro. [...] El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, tiene la necesidad de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual de los medios de los que forma parte naturalmente». Para alcanzar la masificación de la que emerge el hombre nuevo democrático, es preciso desarraigar al ser humano, arrancar las raíces que lo nutren de una vida moral, intelectual y espiritual. Debe comenzarse, por supuesto, con el desarraigo espiritual, pues es en su enraizamiento con Dios donde el hombre encuentra explicaciones a su razón de ser en el mundo, a su procedencia y destino final. Una vez logrado este desarraigo espiritual, nada más sencillo que lograr su desarraigo existencial, pues una vida privada de causa y destino es inevitable que acabe pudriéndose, enmarañándose de angustia, entregándose al vacío existencial, flotando en el marasmo del tedio o de la búsqueda desnortada de analgésicos que mitiguen su pudrición, su angustia, su vacío y su tedio. Este desarraigo existencial, que es ruptura de los lazos cordiales que nos vinculan a una realidad iluminada desde lo alto, acaba inevitablemente engendrando también desarraigo intelectual, porque la insatisfacción con un mundo que hemos dejado de entender nos obliga a concebir idealismos y utopías que nunca se realizan, agigantando nuestra conciencia de fracaso. Y, a la vez, se produce también el desarraigo moral: una vez rotas las raíces con los mandatos religiosos, el hombre desarraigado se ve obligado a suplirlos con su flaca voluntad; pero ya explicábamos en un artículo anterior que a los hombres nuevos democráticos se les ha dicho que su voluntad soberana se expresa mediante el ejercicio de sus impulsos vitales, por lo que resulta lógico que (salvo unos pocos espíritus privilegiados) se guíen por el interés propio y la satisfacción de sus deseos, apetitos y conveniencias. Este desarraigo conlleva la progresiva destrucción de los vínculos humanos, empezando por la familia, y hace imposible una comunidad política concordante en los fundamentos que garantizan su supervivencia. Pues lo que caracteriza a los hombres desarraigados es su discordancia en lo fundamental (cada uno profesa un idealismo o utopía distintos), su individualismo orgulloso y egoísta, que los conduciría a la aniquilación (bien porque acabarían a la greña, bien porque se resignarían al aislamiento y la incomunicación), si no fuera porque el poder, muy taimadamente, les ofrece, como garantía última de supervivencia, esa «uniformidad» a la que se refería Tocqueville. Una vez destruida aquella «colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro» a la que se refería Weil, a estos hombres desarraigados no les queda otra salida sino resignarse a convertirse en masa, en una sociedad de hombres unidimensionales en la que según explicase muy atinadamente Herbert Marcuse todo está estandarizado, uniformizado, pasado por el tamiz del conformismo social; y donde las necesidades de los individuos desarraigados están inducidas por los intereses del poder, que puede obligarlos (¡sin necesidad de ejercer la violencia!) a comprarse un automóvil, o a embrutecerse viendo la televisión, o a aprender el manejo de tal o cual maquinita o programa informático porque, una vez despojado de aquellos vínculos naturales que permitían aflorar las personalidades fuertes, el hombre desarraigado ya no tiene otro medio de afirmar su autonomía (¡su soberana voluntad!) sino realizar vulgares acciones que, sin embargo, el muy memo cree expresión de su irrepetible individualidad, aunque sean las mismas acciones que hacen con levísimas variantes millones de hombres masificados. Para lograr que esa masa de hombres nuevos, a la vez que chapotean en su vulgaridad inducida, crean orgullosamente que sus acciones y pensamientos son distintivos, hay que infundirles la creencia irrisoria de que piensan y actúan 'por libre', de que todo lo que sale de su caletre es auténtico y originalísimo, cuando en realidad no es sino una morralla de prejuicios, lugares comunes y opiniones preconcebidas que otros les han implantado, a modo de chips
IV
Afirmaba Ortega que lo más característico de la sociedad de masas es que las almas vulgares se sienten tan orgullosas de su vulgaridad. Para lograr este birlibirloque genial es preciso infundirles la creencia ilusoria de que piensan por sí solas, cuando en realidad están siendo dirigidas por otros. Tal ilusión se genera consiguiendo que los individuos que conforman la masa desarraigada 'internalicen' una serie de paradigmas culturales que el sistema les impone, para convertirlos en seres pasivos, conformistas y gregarios, sometidos a consignas que confunden con expresiones emanadas de su sacrosanta voluntad. No es, desde luego, un birlibirloque sencillo: para conseguir, por ejemplo, que un paria al que pagan un sueldo misérrimo no repare en que el sistema necesita que tenga pocos hijos o ninguno, para que no nazca en él un impulso natural de dar la vida por ellos (lo que lo llevaría a exigir un sueldo digno, por las buenas o por las malas), hay que borrarle de su cerebro hecho papilla la noción de los derechos derivados del trabajo (derecho a un salario digno, derecho a un trabajo estable, derecho a permanecer en su tierra, derecho a alimentar y educar a sus hijos) e imbuirle la creencia psicopática de que lo importante son los derechos de bragueta, de la anticoncepción al aborto; y no sólo esto, sino hacer creer al paria que tal cretinez no es un chip que han implantado en su cerebro destrozado, sino que es una conquista de su libertad. Este birlibirloque genial se logra, como hacía notar Comte, a través de la educación y la propaganda. Y es que, como afirmaba Sartori en Homo videns, «la voluntad informada del pueblo puede ser también su voluntad menos auténtica». En efecto, las masas no piensan de forma autónoma, sino que asimilan cual rumiantes la alfalfa que se les suministra a través de los mass media, presentada siempre como si fuera su propio pensamiento. Para ello, la propaganda actúa con eslóganes y consignas sobre sentimientos, deseos y emociones, de tal modo que el pensamiento quede eludido (y, a la vez, paulatinamente atrofiado) y la voluntad sea más fácilmente doblegada (y, a la vez, exaltada). A medida que tales eslóganes y consignas logran entablar simbiosis con los sentimientos, deseos y emociones de las masas, su conocimiento de la realidad se empobrece y agosta; y llega un momento en que su libertad queda sometida a esa argamasa entre sentimental y doctrinaria, haciéndose dócil a los lugares comunes más apestosos, que los cerebros hechos papilla toman por ideas originalísimas. Tal proceso se percibe muy claramente en los teleadictos que creen pensar exactamente igual que tal o cual tertuliano (un lorito que repite las consignas que le suministra el negociado de derechas o izquierdas); o en esas masas cretinizadas que enarbolan pancartas con los mismos eslóganes diseñados por la fundación Rockefeller, que sin embargo creen salidos de sus caletres, para entonces convertidos en cementerios de neuronas. Claro que, para conseguir tal sumisión de las masas a los lugares comunes impuestos por el sistema, es preciso alcanzar un nivel de control social que logre que «toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible», tal como establecía Marcuse. Es preciso que la propaganda actúe con tal eficacia que los individuos no puedan reconocer su naturaleza represiva, para lo cual crea «una dimensión única del pensamiento». Naturalmente, pretender escapar de esa dimensión única se percibe por el hombre nuevo democrático como una 'desviación' aberrante que debe ser condenada al ostracismo, como hacían los protagonistas del cuento de Wells El país de los ciegos con el protagonista vidente, al que sólo terminaban aceptando en sociedad después de que se resignara a que le arrancaran los ojos. El hombre nuevo democrático no necesita al poder que ha destrozado su cerebro y su alma para señalar y condenar a los disidentes; puede hacerlo muy orgullosamente él solito, y considerar además que lo hace por altruismo (y, ¡por supuesto!, de forma espontánea y no inducida). De este modo, dejando que sea la propia masa la que vaya aniquilando o absorbiendo toda forma de oposición, se logra el hombre unidimensional que retrataba Marcuse, caracterizado «por su paranoia interiorizada por medio de los sistemas de comunicación masivos». Este hombre unidimensional, incapaz de exigir y de gozar cualquier progreso de su espíritu, satisfecho en su mundo prefabricado de prejuicios y de opiniones preconcebidas, aún deberá ser programado, sin embargo, para alcanzar el estadio de perfecto hombre nuevo democrático; pues así no sólo será un pelele, sino un pelele feliz. Explicaremos este estadio último en la postrera entrega de nuestra serie.
V
En la construcción del hombre nuevo democrático no basta con la deificación de los impulsos vitales (deseos y sentimientos). No basta tampoco con alcanzar ese estado de desarraigo que convierte a las personas y a los pueblos en masa amorfa y estandarizada, a la vez que exalta los individualismos más egoístas. Es preciso que el hombre nuevo democrático 'internalice' los paradigmas culturales que el sistema impone, hasta convertirse en un ser pasivo y gregario, sometido a consignas que confunde ilusoriamente con expresiones originales suyas. Para conseguir que la masa acepte como axiomas los sofismas más burdos, se requiere la imposición de métodos de 'control social' que hagan imposible toda oposición, muy semejantes a los anticipados por Aldous Huxley en Un mundo feliz. En esta novela, tal control se lograba mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente, durante las horas del sueño; en nuestra época se logra a través de la saturación mental lograda a través de los mass media, que llegan a convertir al hombre nuevo democrático en un auténtico jenízaro de las ideologías (negociados de izquierdas y derechas) que sostienen el sistema, de tal modo que abrace las calamidades y desgracias que poco a poco lo convierten en un felpudo como logros que lo elevan a una nueva dignidad. Este proceso de alienación (que incluye la creación de un neolenguaje que codifica la realidad en unos parámetros 'políticamente correctos') ha sido sagazmente diseccionado por el pensador marxista Herbert Marcuse, quien sin embargo cree grotescamente así lo afirma en Eros y Civilización que «un desarrollo no represivo de la libido» conduciría a una civilización auténticamente libre; cuando lo cierto es que esta liberación de la libido ha sido junto con la entronización del consumismo el método esclavista que el sistema ha elegido para sumergir al hombre nuevo democrático en un marasmo de placentera irresponsabilidad que confunde con la felicidad. Y, en épocas de crisis, cuando los efectos afrodisiacos del consumismo sólo están al alcance de unos pocos, la liberación de la libido (lo que Chesterton llamaba la «religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad» y nosotros, menos finamente, derechos de bragueta) se convierte en el 'soma' con el que las masas curan sus penas y olvidan su vida desarraigada y sus sueldos misérrimos, hasta alcanzar ese estado de animalización colectiva que hogaño se denomina socarronamente 'felicidad'. Para alcanzar este grado de animalización feliz que completa la fabricación del hombre nuevo democrático es fundamental erradicar el libre albedrío. B. F. Skinner, uno de los máximos exponentes del conductismo, llegó a desarrollar técnicas de «condicionamiento operante» (en realidad ingeniería social) que permiten «programar» al hombre, logrando que su conducta se adecue a lo que el «educador» determina a priori. Y hasta llegó a escribir una curiosa y escalofriante novela, Walden Dos, en la que se describe una sociedad utópica científicamente construida que funciona siguiendo al dedillo tales técnicas. El propósito de Skinner es mostrar las ventajas de esta sociedad idílica; pero, involuntariamente, nos ofrece un catálogo de horrores en donde el buenismo (pues Walden Dos es una sociedad de la que han desaparecido los comportamientos agresivos) y la disolución de la familia fundada en lazos de sangre dan paso a una sociedad tecnocrática donde la resolución de todos los problemas es confiada a la ciencia, mientras la educación se encarga de hacer felices a todos y cada uno de los miembros de tal sociedad, convirtiéndolos en individuos con «capacidad de autorregulación» de su conducta que reaccionan siempre de forma previsible, mediante la repetición idiotizante de conductas 'positivas' que exorcice el fantasma de la depresión. En realidad, tales métodos educativos son los mismos que preconizan los manuales de autoayuda, las terapias de superación personal y demás morrallas euforizantes con las que el sistema trata de tapar las grietas del proceso de fabricación del hombre nuevo democrático, ese pobre y felicísimo pelele que ha sido despojado de su libre albedrío y su autonomía moral. Y todo ello sin violencia, tal como había anticipado Tocqueville: «Es así como cada día el poder convierte en menos útil y en más raro el empleo del libre arbitrio; es así como encierra la acción de la voluntad en un espacio menor. La igualdad prepara a todos los hombres para todas las cosas; los dispone a sufrirlas y a menudo, incluso, a mirarlas como un bien». Disfrutemos como enanos de las conquistas del hombre nuevo democrático.
sábado, 18 de octubre de 2014
Aquel que tú alimentes .
De esta tribu se desprende el siguiente relato: Un anciano de la tribu Cherokee hablaba con su nieto acerca de la vida. Y le dijo: “Dentro de mí se libra una tremenda batalla entre dos lobos”. “Uno de ellos es malo, está lleno de ira, envidia, avaricia, celos, resentimientos, inferioridad, mentiras, orgullo, temor, dolor y culpa”. “El otro es bueno y está lleno de alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, empatía, verdad, comprensión y fe”. “Y la misma batalla que se da en mí se da en todos”. El nieto se quedó pensativo y después de unos minutos finalmente preguntó: ¿Y cuál de los lobos ganará abuelo? El abuelo hizo una breve pausa y luego con mucha seguridad le respondió: “Aquel que tu alimentes”.
Como podemos darnos cuenta el actuar de las personas regularmente se basa en estos aspectos, por ejemplo el que quiere ascender a un puesto sin importar los medios, y es consumido en su propia envidia y el que es honesto, y por serlo no cabe en un mundo hecho para “los triunfadores” los que mienten, los que estafan los que roban, o bien lo que conocemos como corrupción. Porque como dicen los que se acomodan al sistema en esta vida “el que no tranza no avanza”. Una lección que nos deja un libre albedrío para decidir que batalla queremos ganar, o en cual queremos estar. Sin embargo para tener criterio de elección está implícita la formación que se basa en los principios morales y/o éticos que se adquieren principalmente dentro del hogar, según los valores que se hayan vivido.Al tomar una decisión es difícil desprenderse de la formación que ya es inherente a la persona, pero en ocasiones el sentido de pertenencia a un cierto grupo que ostenta el poder o se siente empoderado de las circunstancias, los miedos a los que se enfrenta el ser humano, el temor a quedarse “solo” le hace alimentar según su propia conveniencia a ambos lobos.
Y así es la vida cotidiana, el acomodarse según las circunstancias, sólo viendo intereses individualistas lo que conlleva a estar en un paradigma y en otro, sin definición ni postura propia. Nos encontramos lamentablemente en muchos de los casos ante la pérdida de conciencia, o más profundamente concienciación citaría Paulo Freire disfrutando el momento que creemos “feliz”, al dañar con nuestros actos a otros, y al final resulta que el daño es para nosotros mismos al alimentar, en nuestro SER la envidia, la avaricia, el egoísmo, la mentira y todo lo que encierra un acto de maldad. En mi opinión hace falta poner en práctica el amor… como parte de los volares, aunado a ello la buena voluntad y de vez en cuando hacer uso del legado de sabiduría que nuestros ancestros han dejado.
Como podemos darnos cuenta el actuar de las personas regularmente se basa en estos aspectos, por ejemplo el que quiere ascender a un puesto sin importar los medios, y es consumido en su propia envidia y el que es honesto, y por serlo no cabe en un mundo hecho para “los triunfadores” los que mienten, los que estafan los que roban, o bien lo que conocemos como corrupción. Porque como dicen los que se acomodan al sistema en esta vida “el que no tranza no avanza”. Una lección que nos deja un libre albedrío para decidir que batalla queremos ganar, o en cual queremos estar. Sin embargo para tener criterio de elección está implícita la formación que se basa en los principios morales y/o éticos que se adquieren principalmente dentro del hogar, según los valores que se hayan vivido.Al tomar una decisión es difícil desprenderse de la formación que ya es inherente a la persona, pero en ocasiones el sentido de pertenencia a un cierto grupo que ostenta el poder o se siente empoderado de las circunstancias, los miedos a los que se enfrenta el ser humano, el temor a quedarse “solo” le hace alimentar según su propia conveniencia a ambos lobos.
Y así es la vida cotidiana, el acomodarse según las circunstancias, sólo viendo intereses individualistas lo que conlleva a estar en un paradigma y en otro, sin definición ni postura propia. Nos encontramos lamentablemente en muchos de los casos ante la pérdida de conciencia, o más profundamente concienciación citaría Paulo Freire disfrutando el momento que creemos “feliz”, al dañar con nuestros actos a otros, y al final resulta que el daño es para nosotros mismos al alimentar, en nuestro SER la envidia, la avaricia, el egoísmo, la mentira y todo lo que encierra un acto de maldad. En mi opinión hace falta poner en práctica el amor… como parte de los volares, aunado a ello la buena voluntad y de vez en cuando hacer uso del legado de sabiduría que nuestros ancestros han dejado.domingo, 31 de agosto de 2014
Tradiciones traicionadas
Escribía Saint-Exupéry que solo una filosofía del arraigo, al vincular al hombre
a su familia, a su oficio y a su patria, lo protege contra el abismo del
espacio; y que solo la adhesión a unos ritos y tradiciones lo protege contra la
erosión del tiempo. Perdido este sentido del arraigo, nos convertimos en
zascandiles arrojados al basurero de la historia que organizan encierros de
bisontes.
Si los pueblos españoles abandonan sus formas de vida ligadas al cultivo de la
tierra y la crianza del ganado, es natural que sus mozos dejen de ver en el toro
bravo una fuerza de la naturaleza frente a la cual desean probarse; y el tiempo
que antes dedicaban a las faenas agrícolas y ganaderas (que han abandonado
gracias al soborno de la Unión Europea) lo dedican ahora a vivir enchufados al
televisor, donde de vez en cuando, mientras zapean como zombis lobotomizados,
ven una película de Kevin Costner con una estampida de bisontes. Y como su alma
guarda todavía una reminiscencia o nostalgia de las tradiciones ancestrales,
aunque sea una nostalgia aturdida por el ruido entontecedor de las modas
extranjeras y los mass media, esos mozos concebirán, inevitablemente, la
delirante idea de organizar un encierro de bisontes, que para entonces les
resultarán unos bichos casi tan exóticos como los toros.
El apego a las tradiciones, al crear lazos entre los hombres, forma pueblos fuertes, inexpugnables al saqueo material y moral; y de estos pueblos hondamente vinculados nacen las personalidades más fuertes y diversas. Los pueblos sin tradiciones, en cambio, están abocados a la soledad más hosca, que es la que a la vez que predica el individualismo conduce a la masificación; y de estos pueblos, inermes ante los expolios morales y materiales, solo brotan personalidades flojas y mostrencas, debilitadas por la obsesión de independencia y libertad, que sin embargo acaban haciendo invariablemente las mismas gilipolleces gregarias.
Por eso las sociedades sin tradición son, paradójicamente, el paraíso de la estadística: porque allá donde no hay tradiciones (que son el cauce por el que fluye nuestra personal originalidad), el comportamiento de las gentes, aparentemente errático, es sin embargo fácilmente previsible, casi automático. Pero quienes nos desean ver convertidos en masa solitaria, reducida a la esclavitud, no nos arrebatan abruptamente nuestras tradiciones (por temor a que la reminiscencia o nostalgia que anida en nuestras almas nos empuje a la rebelión), sino que se divierten entregándonos sucedáneos paródicos que, a la vez que actúan como placebos de nuestro dolor, a ellos les permiten divertirse cruelmente a nuestra costa, viéndonos cultivar aficiones y hábitos chuscos y estrambóticos. Nada complace más a quienes nos quieren reducir a masa solitaria que vernos organizar encierros de bisontes, después de que hayamos olvidado la crianza del toro bravo. Nada les complace más que vernos comer (¡relamiéndonos!) una birria ferranadrianesca cocinada con nitrógeno líquido, después de que hayamos olvidado cocinar (¡y hasta saborear!) unas sopas de ajo. Nada les complace más que vernos bailar espasmódicamente con una putilla empastillada a la que no conocemos de nada en una discoteca, después de que nos hayamos olvidado de bailar un chotis con nuestra vecinita en las verbenas. Nada les complace más que vernos cantar en misa canciones guitarreras y oligofrénicas, después de que nos hayamos olvidado del canto litúrgico. Nada les complace más que brindarnos consejo en la elección de novia a través de una agencia de contactos de interné, después de que hayamos renegado del consejo de nuestra madre. Así nos quieren: despojados de nuestras tradiciones, reducidos a un gurruño humanoide que se revuelca complacido en sus deyecciones, alimentado con sucedáneos paródicos, sórdidos o irrisorios. Convertidos en rebaño, en chusma, en piara a la que, además, cobran por el suministro de sucedáneos.
Juan Manuel de Prada .
El apego a las tradiciones, al crear lazos entre los hombres, forma pueblos fuertes, inexpugnables al saqueo material y moral; y de estos pueblos hondamente vinculados nacen las personalidades más fuertes y diversas. Los pueblos sin tradiciones, en cambio, están abocados a la soledad más hosca, que es la que a la vez que predica el individualismo conduce a la masificación; y de estos pueblos, inermes ante los expolios morales y materiales, solo brotan personalidades flojas y mostrencas, debilitadas por la obsesión de independencia y libertad, que sin embargo acaban haciendo invariablemente las mismas gilipolleces gregarias.
Por eso las sociedades sin tradición son, paradójicamente, el paraíso de la estadística: porque allá donde no hay tradiciones (que son el cauce por el que fluye nuestra personal originalidad), el comportamiento de las gentes, aparentemente errático, es sin embargo fácilmente previsible, casi automático. Pero quienes nos desean ver convertidos en masa solitaria, reducida a la esclavitud, no nos arrebatan abruptamente nuestras tradiciones (por temor a que la reminiscencia o nostalgia que anida en nuestras almas nos empuje a la rebelión), sino que se divierten entregándonos sucedáneos paródicos que, a la vez que actúan como placebos de nuestro dolor, a ellos les permiten divertirse cruelmente a nuestra costa, viéndonos cultivar aficiones y hábitos chuscos y estrambóticos. Nada complace más a quienes nos quieren reducir a masa solitaria que vernos organizar encierros de bisontes, después de que hayamos olvidado la crianza del toro bravo. Nada les complace más que vernos comer (¡relamiéndonos!) una birria ferranadrianesca cocinada con nitrógeno líquido, después de que hayamos olvidado cocinar (¡y hasta saborear!) unas sopas de ajo. Nada les complace más que vernos bailar espasmódicamente con una putilla empastillada a la que no conocemos de nada en una discoteca, después de que nos hayamos olvidado de bailar un chotis con nuestra vecinita en las verbenas. Nada les complace más que vernos cantar en misa canciones guitarreras y oligofrénicas, después de que nos hayamos olvidado del canto litúrgico. Nada les complace más que brindarnos consejo en la elección de novia a través de una agencia de contactos de interné, después de que hayamos renegado del consejo de nuestra madre. Así nos quieren: despojados de nuestras tradiciones, reducidos a un gurruño humanoide que se revuelca complacido en sus deyecciones, alimentado con sucedáneos paródicos, sórdidos o irrisorios. Convertidos en rebaño, en chusma, en piara a la que, además, cobran por el suministro de sucedáneos.
Juan Manuel de Prada .
domingo, 8 de junio de 2014
Democracia y dinero
Para entender el malestar que postra a las sociedades democráticas -expresado a
veces como desaliento y escepticismo, a veces como ira e indignación- deberíamos
empezar por aclarar que la democracia, tal como nos la pintaron, es una quimera
irrealizable. Existe una realidad histórica irrefutable: todas las sociedades
humanas, con independencia de la forma de gobierno que impere en ellas, están
regidas de hecho por minorías. Siempre ha sido así y siempre lo será. Y son
estas minorías las que realmente deciden, de forma efectiva directa o
indirectamente, sin tapujos o con disfraces, el destino de las naciones.
Ilusoriamente, a la gente se le hizo creer que la democracia acababa para siempre con esta idea jerárquica subyacente en todo orden político; cuando, en realidad, lo único que se hizo fue esconder, escamotear este elemento (y ya se sabe que, cuando algo se oculta, es porque no conviene mostrarlo). Así, se presentó una sociedad regida por la más absoluta igualdad política, en la que los gobernantes no lo eran en virtud de un principio jerárquico, sino representativo; y de este modo se consiguió encubrir un hecho gigantesco e incuestionable, que es la rebelión de la economía en contra de la política. Hecho que empezó a fraguarse en el Renacimiento, para desencadenarse en la Revolución francesa y alcanzar su paroxismo en nuestra época, en la que el poder político no solo ha dejado de ser aguerrido defensor del pueblo contra esas fuerzas económicas desatadas, sino que se ha convertido en el perrillo servicial de tales fuerzas, organizado en oligarquías encargadas de pauperizar al pueblo, siguiendo las consignas de la plutocracia internacional; es lo que Pablo Iglesias, el líder izquierdista encumbrado al estrellato, llama 'la casta' convertida en 'mayordomo de los ricos'.
Este poder oculto de una minoría plutocrática es el que decide el destino de las naciones, de manera siempre impía y a veces en su desmedida voracidad sin molestarse siquiera en disimular la naturaleza monstruosa de sus designios. Así se explica, por ejemplo, que el Fondo Monetario Internacional (¡apenas un día después de las elecciones europeas en las que las oligarquías que más servilmente habían trabajado al servicio del poder económico fueran vapuleadas!) tuviera el cuajo de reclamar condiciones todavía más inclementes en los despidos, así como subidas en los tipos impositivos; reclamaciones que las oligarquías terminarán atendiendo. Todo este latrocinio institucionalizado se logró disimular en los años anteriores mediante la instauración de un reinado de las delicias universales (¡la búsqueda de la felicidad!) que aspiraba a conseguir una sociedad humana animalizada, pasiva y cobarde, 'ciudadanía' sometida mediante el hipnotismo ideológico a la más depravada servidumbre espiritual, aferrada al disfrute frenético de las prebendas democráticas, que se pueden resumir en alegrías para la bragueta y manguerazo de subvenciones. Las alegrías para la bragueta nos ha dejado en un par de generaciones sin cotizantes que paguen nuestras pensiones; y al manguerazo de subvenciones ha sucedido una pertinaz sequía que, además, nos pilla con las reservas exhaustas.
Me ha llamado mucho la atención la avalancha de reacciones asustadas o jeremiacas que han surgido, a derecha e izquierda, ante el éxito cosechado por Pablo Iglesias en las pasadas elecciones europeas. Diríase que, de repente, este señor con coleta fuese a traer la dictadura del proletariado de la extinta Unión Soviética. Y me sorprende que quienes ahora están escandalizados ante este revival del comunismo sean los mismos que, durante las últimas décadas, han aplaudido leyes laborales que parecían inspiradas en la legislación china. Marx ya nos advirtió que el comunismo es un hijo natural del capitalismo que se desarrolla históricamente con él; del mismo modo, podríamos decir que Pablo Iglesias es hijo de una democracia que ha rendido el poder político a fuerzas económicas desatadas, fingiendo que se lo entregaba al pueblo. Naturalmente, Pablo Iglesias, que acierta en el diagnóstico del mal que amenaza con llevarnos a la tumba, se equivoca en la medicina, puesto que insiste en prometer el mismo reinado de las delicias universales que antes nos ofrecieron las oligarquías que aspira a derrocar, añadiendo además una 'reducción' de revanchismo al guiso. Pero, mucho más escandaloso que votar a alguien que se equivoca en el tratamiento, después de acertar en el diagnóstico, se nos antoja votar a quienes ocultan el diagnóstico, vendiéndonos el veneno como medicina.
J.M. de Prada .
Ilusoriamente, a la gente se le hizo creer que la democracia acababa para siempre con esta idea jerárquica subyacente en todo orden político; cuando, en realidad, lo único que se hizo fue esconder, escamotear este elemento (y ya se sabe que, cuando algo se oculta, es porque no conviene mostrarlo). Así, se presentó una sociedad regida por la más absoluta igualdad política, en la que los gobernantes no lo eran en virtud de un principio jerárquico, sino representativo; y de este modo se consiguió encubrir un hecho gigantesco e incuestionable, que es la rebelión de la economía en contra de la política. Hecho que empezó a fraguarse en el Renacimiento, para desencadenarse en la Revolución francesa y alcanzar su paroxismo en nuestra época, en la que el poder político no solo ha dejado de ser aguerrido defensor del pueblo contra esas fuerzas económicas desatadas, sino que se ha convertido en el perrillo servicial de tales fuerzas, organizado en oligarquías encargadas de pauperizar al pueblo, siguiendo las consignas de la plutocracia internacional; es lo que Pablo Iglesias, el líder izquierdista encumbrado al estrellato, llama 'la casta' convertida en 'mayordomo de los ricos'.
Este poder oculto de una minoría plutocrática es el que decide el destino de las naciones, de manera siempre impía y a veces en su desmedida voracidad sin molestarse siquiera en disimular la naturaleza monstruosa de sus designios. Así se explica, por ejemplo, que el Fondo Monetario Internacional (¡apenas un día después de las elecciones europeas en las que las oligarquías que más servilmente habían trabajado al servicio del poder económico fueran vapuleadas!) tuviera el cuajo de reclamar condiciones todavía más inclementes en los despidos, así como subidas en los tipos impositivos; reclamaciones que las oligarquías terminarán atendiendo. Todo este latrocinio institucionalizado se logró disimular en los años anteriores mediante la instauración de un reinado de las delicias universales (¡la búsqueda de la felicidad!) que aspiraba a conseguir una sociedad humana animalizada, pasiva y cobarde, 'ciudadanía' sometida mediante el hipnotismo ideológico a la más depravada servidumbre espiritual, aferrada al disfrute frenético de las prebendas democráticas, que se pueden resumir en alegrías para la bragueta y manguerazo de subvenciones. Las alegrías para la bragueta nos ha dejado en un par de generaciones sin cotizantes que paguen nuestras pensiones; y al manguerazo de subvenciones ha sucedido una pertinaz sequía que, además, nos pilla con las reservas exhaustas.
Me ha llamado mucho la atención la avalancha de reacciones asustadas o jeremiacas que han surgido, a derecha e izquierda, ante el éxito cosechado por Pablo Iglesias en las pasadas elecciones europeas. Diríase que, de repente, este señor con coleta fuese a traer la dictadura del proletariado de la extinta Unión Soviética. Y me sorprende que quienes ahora están escandalizados ante este revival del comunismo sean los mismos que, durante las últimas décadas, han aplaudido leyes laborales que parecían inspiradas en la legislación china. Marx ya nos advirtió que el comunismo es un hijo natural del capitalismo que se desarrolla históricamente con él; del mismo modo, podríamos decir que Pablo Iglesias es hijo de una democracia que ha rendido el poder político a fuerzas económicas desatadas, fingiendo que se lo entregaba al pueblo. Naturalmente, Pablo Iglesias, que acierta en el diagnóstico del mal que amenaza con llevarnos a la tumba, se equivoca en la medicina, puesto que insiste en prometer el mismo reinado de las delicias universales que antes nos ofrecieron las oligarquías que aspira a derrocar, añadiendo además una 'reducción' de revanchismo al guiso. Pero, mucho más escandaloso que votar a alguien que se equivoca en el tratamiento, después de acertar en el diagnóstico, se nos antoja votar a quienes ocultan el diagnóstico, vendiéndonos el veneno como medicina.
J.M. de Prada .
viernes, 25 de octubre de 2013
Vendo burros
Había una vez un rey que quería ir de pesca.
Llamó a su pronosticador del tiempo y le preguntó el estado del mismo para las próximas horas. Éste lo tranquilizó diciéndole que podía ir tranquilo pues no llovería. Como la novia del monarca vivía cerca de donde éste iba a ir, se vistió con sus mejores galas. Ya en camino se encontró con un campesino montado en su burro quien al ver al rey le dijo: “Señor es mejor que vuelva pues va a llover muchísimo.” Por supuesto el rey siguió su camino pensando: “Que sabrá este tipo si tengo un especialista muy bien pagado que me dijo lo contrario. Mejor sigo adelante.” Y así lo hizo… y, por supuesto llovió torrencialmente. El rey se empapó y la novia se rió de él al verlo en ese estado. Furioso volvió a palacio y despidió a su empleado. Mandó llamar al campesino y le ofreció el puesto pero éste le dijo: “Señor, yo no entiendo nada de eso, pero si las orejas de mi borrico están caídas quiere decir que lloverá” Entonces el rey contrató al burro. Así comenzó la costumbre de contratar burros como asesores que desde entonces tienen los puestos más remunerados en el gobierno. |
sábado, 31 de agosto de 2013
Manipulación mediática
DIVISIÓN CONSTANTE DEL PUEBLO
A estas diez estratégias, sin embargo, le encontramos una carencia grave: “la estrategia de división constante del pueblo” y algunas carencias menores. Ya en la antigua Roma lo sabía y le dieron forma verbal con el famoso divide et impera.
Sin embargo, en manipulación mediática el gran formador de formadores y gran maestro de fue Goebbels, el ministro de propaganda de la Alemania nacionalsocialista, figura clave en el régimen y amigo íntimo de Adolf Hitler:
- Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único Símbolo; Individualizar al adversario en un único enemigo.
. - Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo; Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
. - Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.
. - Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
. - Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.
. - Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.
. - Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
. - Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
. - Principio de la silenciación. Acallar sobre las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
. - Principio de la transfusión. Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
. - Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa “como todo el mundo”, creando impresión de unanimidad.
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Para completar estas estratégias básicas también os recomendamos ver este documental imprescindible y por supuesto, incluir con vuestros comentarios todos los enlaces y aportaciones que puedan complementar esta información:
domingo, 2 de junio de 2013
"Instrucción y educación"
Si basta imprimir en el pensamiento las ideas y los datos de
todas clases, acumulados por la continua labor de las generaciones, para que el
hombre, de esta suerte iniciado en el espléndido tesoro que de sus mayores
heredara, pueda cumplir sus fines con sólo tomar de él a manos llenas y
aplicarlo abundante a las múltiples necesidades de la vida, la Pedagogía, la
ciencia de la educación, una de esas grandes creaciones del espíritu moderno, ha
venido en mal hora para su porvenir a un mundo en el que nada le estaría
encomendado. Estampar en la mente del niño y del joven esos conocimientos, ora
de un modo ocasional, según lo va reclamando el curso incidental de los sucesos,
ora conforme a un plan preconcebido y formando de ellos estadística metódica,
donde todos se clasifiquen por géneros y especies como clasifican los
naturalistas los animales o las plantas, serían entonces respectivamente la
diversa misión de la familia y de la escuela. Excitar la fantasía para que su
representación de los elementos transmitidos sea pintoresca y gráfica; el
entendimiento para que los interprete con clara discreción; la memoria para que
los conserve y tenga prontos a la primera coyuntura, constituiría el único
procedimiento para levantar el niño a hombre formal y adulto: el único método de
esa tutela que, por ley de naturaleza, incumbe a los padres, al mayor, al
maestro, sobre el hijo, el menor, el alumno.
Por fortuna, las cosas están dispuestas de muy otra manera.
Pues si ese mismo tesoro ha de acrecentarse gradualmente; si los seres
racionales son algo más que repetidores mecánicos de lo que aprendieron; si
poseen —que por esto precisamente son racionales— un germen capaz de obligado
desarrollo, con propia virtualidad, y si al par de la inteligencia en todo su
vigor deben irse en él manifestando por sus grados naturales y en íntima armonía
las restantes potencias de su alma, el amor a lo bello y a las grandes cosas, el
espíritu moral, el impulso voluntario y, sobre todo, el sentido sano, viril,
fecundo, que nos va emancipando de los limbos de la animalidad, donde el niño y
el hombre primitivo dormitan, y elevándonos a la plenitud de nuestro ser,
entonces —fuerza es reconocerlo— la educación actual, descuidada en la casa y
todavía más en la escuela, pide urgente reforma, y la Pedagogía tiene infinito
que decir y que hacer.
Testigo abonado de ello es nuestra presente sociedad, cuyas
tendencias adolecen de un vicio radicalísimo. "Se nos enseñan muchas cosas —dice
con frecuencia el joven—, menos a pensar ni a vivir." El resultado es lógico.
Los hombres medio instruidos, pero no educados, tienen su inteligencia y su
corazón punto menos que salvajes; oscilan al azar, guiados por un oscuro
instinto más difícil de interpretar que el oráculo de Delfos; ignoran el arte de
formar ideas propias y el de servirse de las ajenas, y la anarquía de su
desvariado pensamiento se refleja en la inconstancia de su conducta, que por
fáciles modos se envilece en el egoísmo y el ateísmo práctico. Así, la sociedad
contemporánea, hija de aquella psicología para la cual la nota característica
del espíritu es el pensamiento, no ve en el hombre más que la inteligencia, y en
la inteligencia, el entendimiento; es decir, la fuerza de penetración y acomodo
de los pormenores. Así también el gobierno de esta sociedad no está, como suele
decirse, en manos del dinero ni de la fuerza, sino del talento, de los hombres
sagaces, astutos, rápidos de comprensión, descreídos de ideal y expeditos de
lengua.
Por manera que la educación de nuestros tiempos padece,
primeramente, por suponer que el elemento intelectual es el único que necesita
racional dirección y abandonar el resto a la conciencia individual y al
irregular, y a veces contradictorio, estímulo de los varios sucesos a que se fía
la formación de nuestro espíritu en todas relaciones. Y en segundo lugar, peca
esa educación, dentro ya de esa misma esfera, a que tenazmente se limita, por
ser principal, casi exclusivamente, pasiva, asimilativa, instructiva, ciñéndose
a imbuir en nosotros las cosas que se tienen por más averiguadas y dignas de
saberse, sin procurar el desarrollo de nuestras facultades intelectuales, su
espontaneidad, su originalidad, su inventiva. ¡Qué convicciones arraigadas
pueden esperarse de semejante sistema!
No es pertinente ahora discutir la parte en que la llamada
"filosofía positiva", venida a la Historia en estos últimos tiempos, favorece
con una cooperación inevitable este arraigado vicio de nuestra educación
intelectual. Sus afirmaciones conducen a la proscripción de lo absoluto en el
conocimiento, a la imposibilidad consiguiente de principios universales y
estables, al menosprecio de la dialéctica racional, al abandono de la severidad
metódica, sobre todo en el positivismo dogmático, sin necesidad de la cual
otorga al primer advenedizo el derecho de fantasear a cada hora las más
atrevidas inducciones sobre el dato menos concluyente; creyendo con ingenuidad
que todo queda compensado con borrar la palabra «absoluto» de ese incesante
torbellino donde se engendran y perecen, en el punto mismo de engendrarse, tanta
teoría y tanta hipótesis y tanta gentil ocurrencia como las que echaba en cara,
con razón, el antiguo apriorismo especulativo. Lugar habrá más propio para
estudiar los bienes y los males que, como todas, ha traído a la Historia esa
dirección y para conjeturar el resultado de sus esfuerzos en otro sentido tan
fecundos. Ahora, lo único necesario es consignar cómo, lejos de contribuir a que
nuestra educación se depure, ha coadyuvado al statu quo, amparando primero el
predominio intelectualista y luego, en este orden, el menosprecio de lo racional
y suprasensible, única base para enseñar a los hombres principios de
conocimiento y de conducta.
Al concepto de la educación y la enseñanza en vigor obedecen,
en general, el espíritu interno y la organización exterior de todas nuestras
escuelas, así las destinadas a dirigir al hombre en los primeros años de su
vida, como las que presumen de más altos servicios. Cierto que respecto de
aquéllas, por la impotencia lógica del absurdo, se reconoce casi unánimemente
que deben tener carácter educador, esto es, cuidar de desenvolver en el niño
todas las energías y facultades; pero esta declaración, meramente teórica, no
surte en la práctica efecto alguno de verdadera importancia. El procedimiento
usual de estampación, que podría decirse, y por medio del cual se lucha a brazo
partido con el niño hasta hacerle repetir mecánicamente unas cuantas nociones
—más o menos inexactas—, más parece artísticamente enderezado a anular en él la
inteligencia que a proteger su gradual evolución. Una disciplina absurda que
obliga a la quietud y al silencio, que favorece la vanidad, la envidia, la
delación y la mentira, y da frecuentes ejemplos de violencia, de ordinariez en
aspiraciones, gustos y maneras, por lo común de vergonzosa suciedad en la
persona y el vestido, corona dignamente esta obra de ignorancia. Ya después, ¿a
qué hablar de personal, de material, de locales? En todo ello, y tomadas en
conjunto, las escuelas públicas y las privadas rivalizan desdichadamente.
La profunda concepción de Froebel, que, destinada a operar un
cambio radicalísimo en nuestra sociedad, comienza por fortuna a difundirse en
todos los pueblos cultos, constituye, sin duda, el inmediato fundamento para la
reforma de nuestra educación. Recordemos, por cierto, que a hombres liberales se
debió el establecimiento de la primera cátedra para enseñar la pedagogía
froebeliana, cátedra abierta en la Escuela libre de Institutrices por el
inolvidable D. Fernando de Castro; como se le debieron los proyectos para crear
varios jardines conforme a este sistema, proyectos sobre los cuales ha
establecido luego el de Madrid el señor conde de Toreno. Pero los procedimientos
de Froebel nada significan ni pueden tener trascendencia si no van acompañados
del sentido que los inspira. Recuérdese lo que acontece en la inmensa mayoría de
nuestras escuelas de párvulos, donde los ejercicios corporales y estéticos, los
juegos instructivos, la intuición y demás resortes para desenvolver el espíritu
infante, proclamados por el ilustre Montesino, degeneran con enojosa frecuencia
en un mecanismo rutinario, sin libertad, monótono, que al poco tiempo aburre
tanto al niño como los antiguos y fastidiosos métodos. ¡Cuán sorda, pero cuán
tenaz resistencia han de hallar estas innovaciones entre nosotros, cuando
todavía en Alemania y en Inglaterra un Rosenkranz y un Bain defienden la
eficacia de los castigos corporales, a pesar de considerarlos el segundo "como
una injuria grave para la persona que lo aplica y para los que se ven obligados
a presenciarlo"!
Así, no es maravilla que uno de los más competentes remes de la
enseñanza francesa, Julio Simón —si mal no recordamos— haya dicho: "Todos los
niños son inteligentes, hasta que entre el maestro y los padres se encargan de
embrutecerlos."
Y, con todo, en la escuela primaria todavía la fuerza de las
cosas mantiene cierta tendencia educadora, pese a Bain, que, contra su habitual
discreción, opina que la misión del maestro es suministrar al discípulo «una
cierta instrucción definida». Allí, con efecto, no cabe desatender en absoluto
el sentimiento, ni la actividad corporal, ni el carácter moral del alumno. En
las demás instituciones que forman los grados superiores de la jerarquía el
divorcio es tan riguroso cuanto que las más veces hasta se procura de intento.
Los griegos lo entendían de otro modo. Para ellos, ni cabía instrucción sin
educación intelectual, ni educación intelectual sin cultura completa del
espíritu y el cuerpo. Platón será en este punto el eterno modelo de toda
enseñanza digna de tal nombre. Enseñanza —¡qué herejía para el antiguo régimen!—
dada sin reglamentos, concursos, oposiciones, libros de texto, exámenes; sin
borlas, mucetas y demás insignias solemnes; y —lo que es más grave aún— sin ese
pedantesco abismo entre el maestro y el alumno, extraños hoy uno a otro para lo
más de su vida, salvo el efímero vínculo de la lección académica en que el
profesor se siente inspirado de Real Orden todos los lunes, miércoles y viernes,
de tres y media a cinco de la tarde. La unidad interna de su vocación formaba
alrededor del filósofo el círculo de sus discípulos; y un trato personal y
continuo alimentaba esa intimidad sin la cual es imposible que se entregue a
libre comunión la conciencia, cerrada por legítimo pudor ante la mirada
indiferente de un auditorio anónimo y extraño. En cuanto al cuidado del cuerpo,
sabido es hasta dónde lo elevó aquel pueblo de artistas. Hoy, ¡qué diferencia!,
las prácticas de aseo que se hallan a cada paso en la Odisea —con referirse nada
menos que a los tiempos homéricos— debieran decretarse por las Cortes para más
de un consejero de Instrucción pública.
La filosofía escolástica, considerada exclusivamente con
respecto a nuestro asunto, vino a cumplir lo que tal vez faltaba a la griega: el
rigor intelectual, más que en la indagación, en la construcción de la ciencia,
cuyas formas y procedimientos afinó sutilmente. Pero la enseñanza, familiar
todavía en los primeros siglos de la Edad Media y en los primeros tiempos de sus
Universidades, tendía por necesidad cada vez a cerrarse en el intelectualismo y
fue perdiendo aquella condición, sobre todo desde el establecimiento de las
Universidades, de que ya en el siglo XVII Spinoza advertía en su Tratado
político que, "más que para cultivar los ingenios, se levantaban para
oprimirlos". (Academiae quae sumptibus reipublicae fundantur, non tam ad ingenia
colenda quam ad eadem coercenda instituuntur.)
Y si la libre expansión cultural del Renacimiento trajo en esta
esfera una crisis, de la cual había de nacer un mayor interés por los problemas
de la educación, interés siempre desde entonces en aumento, hasta engendrar la
constitución de la Pedagogía como ciencia, el principio de la jerarquía externa,
útil para fundar las nuevas sociedades, pero iniciado con el carácter exclusivo
propio de los tiempos, se aplicó a aquellas corporaciones, que en la mayoría de
los pueblos apenas van acertando hoy todavía a abrir liberalmente su espíritu a
comunión con el espíritu social. En virtud de este orden de cosas, maestro y
discípulo vinieron a considerarse, no como cooperadores, pero igualmente
interesados en la obra científica, mas como dos órganos de funciones
radicalmente inversas. El primero, como tal maestro, no era el hombre que
investigaba la verdad, sino el que la poseía y la enseñaba; el segundo era el
profano, el lego, que sólo tenía que poner de su parte lo estrictamente
necesario para recibirla y retenerla.
Compréndese, desde luego, que esta nueva concepción,
poderosamente auxiliada por el carácter dogmático de aquella edad y por la
función principalmente instrumental de aquella filosofía, amenazaba, desde
luego, la intimidad entre maestro y discípulo, intimidad que sólo cabe en la
idea de un fin común y de una igual dignidad. Y la amenaza se cumplió por ley
indeclinable; y la generosa juventud de la Academia, del Liceo, del Pórtico,
vino a convertirse andando el tiempo en la masa indiferente y sin interna
vocación que se atropella en los bancos de nuestras aulas el mínimo tiempo
indispensable para obtener sus certificaciones.
La enseñanza perdió su carácter indagativo; pero como la
ciencia no pudo perderlo, apartáronse una de otra más o menos amigablemente, y
las investigaciones originales se verifican desde entonces, digámoslo así, a
puerta cerrada, por los profesores o, más aún, por sabios ajenos al profesorado;
porque en Inglaterra, verbigracia, con motivo de la urgente reforma de sus
vetustas instituciones clásicas, un escritor ha asombrado al país con el
catálogo de los descubrimientos que allí se han hecho fuera de las
Universidades. Entre nosotros, la opinión, justamente alarmada al comparar la
enorme plétora de nuestras aulas con el lento progreso de la cultura pública,
quizá comenta aún aquellas palabras de Roxas Clemente, al afirmar que, si de sus
estudios resultaren con el tiempo algunas ventajas a la patria, "todas se
deberían a quien le apartó de las tareas estériles de colegios y
Universidades...".
Los resultados, luego, de las propias o ajenas investigaciones
que mejor comprobados parecen, se comunican al alumno, el cual ya no tiene más
que aprenderlos, librándose de la tarea enojosa de buscarlos; verdad es que,
adoctrinado por el hábito, si algo pide es que se disminuya hasta el mínimo de
los mínimos la dosis de sabiduría que ha menester para salir aprobado.
La vocación del profesor en semejante orden de cosas ¿cómo no
ha de decaer y punto menos que extinguirse? Sin faltar a conveniencia alguna,
deber doblemente imperioso para quien ha podido observar desde dentro el
organismo real del Magisterio público, y dejando a salvo la excepción de hombres
beneméritos e ilustres (cuyos nombres, por lo mismo de ser tan pocos, vienen a
los labios de todos), lícito es asegurar que no siempre, ni las más veces
siquiera, son motivos extraños a la elección de este oficio la estabilidad que
en él—a veces—se disfruta, la relativa independencia en su desempeño, la
consideración que se le otorga, superior a su mezquino salario, las facilidades
que proporciona para aumentar su clientela al abogado y al médico, o para llegar
rápidamente a la cúspide de los honores y las dignidades políticas. Y si alguna
voz se levanta en el seno de esta clase, invocando sus fines y llamándola a
cooperar más concienzudamente en la doble obra de la ciencia y la educación
nacionales, para un corazón que responda, ¡cuántas miradas de asombro en los
sencillos y cuántas sonrisas cínicas de los expertos y avisados vendrán a
señalar la presión que en unos y en otros ejerce la conciencia de su ministerio!
Para acudir a los males infinitamente varios que de esta
deplorable situación proceden se han proyectado y puesto por obra remedios muy
varios también. Así, por ejemplo, Francia, cuyas Facultades vegetan en el
mecanismo burocrático, ha ensayado en su «Escuela de Altos Estudios» y en otras
una enseñanza más libre, análoga a la de las Universidades alemanas y privada
para su bien de «efectos académicos». Pero ni esta reforma era suficiente,
porque el mantenimiento del statu quo en las Facultades daba a esos centros
carácter de excepción, restringiendo considerablemente su influjo, ni tenía
intimidad bastante más que en ciertos estudios (verbigracia, los de Química) que
por la índole especial de sus trabajos exigen casi siempre una comunicación más
personal y estrecha del profesor con el alumno, colegas allí, por fortuna, en el
proceso de las investigaciones. No es, pues, maravilla que hoy se quiera salir
de este orden de cosas.
Pero el verdadero remedio—ya se habrá comprendido por este
trabajo— es otro y muy sencillo, tan sencillo como seguro, aunque de lenta y
laboriosa aplicación: acentuar el carácter educativo en la escuela primaria,
donde apenas existe pero a cada instante brota, y llevarlo desde allí a la
secundaria, a la especial y profesional, a la superior, en suma, a todos los
órdenes y esferas. Como condiciones externas para que ese nuevo espíritu pueda
allí formarse hay que convertir las lecciones en una conversación familiar,
práctica y continua entre maestro y discípulo; conversación cuyos límites
variarán libremente en cada caso, según es fácil suponer, pero que acabará con
las explicaciones e interrogatorios del método académico, como igualmente con la
solemnidad de nuestros exámenes y demás ejercicios inútiles. Para decirlo de una
vez: conservando el sistema de mera exposición a aquella enseñanza en forma de
discursos, que se dirige a un auditorio anónimo y de un cierto nivel medio de
cultura, constituyendo las conferencias públicas, en lo demás, una cátedra de
Instituto, como una de doctorado; las de Derecho Civil como las de Fisiología o
las de Metafísica, todas deben reproducir, cada cual a su modo, el tipo
fundamental de una escuela primaria bien organizada. Esto es, deben venir a ser
una reunión durante algunas horas, grata, espontánea, íntima, en que los
ejercicios teóricos y prácticos, el diálogo y la explicación, la discusión y la
interrogación mutua alternen libremente con arte racional, como otros tantos
episodios nacidos de las exigencias mismas del asunto. Algo de esto pretenden
los seminarios alemanes y demás institutos análogos, y los cursos fermés de
Francia, como los consagrados, sobre todo, a las lenguas sabias y a las ciencias
de la Naturaleza.
No es posible alargar ya este desmedido trabajo. Sólo debe
advertirse para concluir que la reorganización de la escuela primaria y la
aplicación de sus formas y métodos más y más depurados a la secundaria, y de
aquí cada vez en más amplia esfera —que es por donde debe empezarse—,
constituye, no obstante el delicado tacto que requiere, una empresa
inmediatamente asequible: de ello quisiera bien dar muestra la Institución Libre
de Enseñanza. Nuestra torpeza y falta de medios tienen, ¡todavía!, a medio
resolver este problema. Mientras esto no se comprenda, poco ha de esperarse de
nuestros centros docentes, públicos o privados, para la cultura y progreso de la
patria. El niño, que detesta la escuela; el joven, que maldice los estudios
graves; el Gobierno, que los proscribe de sus cátedras y hasta los persigue en
ocasiones; el profesor, que repite año tras año la misma cantilena, suspirando
con el alumno por la hora dichosa de las vacaciones que ha de emanciparlos a
entrambos, son, después de la atonía del espíritu nacional, el más elocuente
testimonio contra un orden de cosas que sólo por excepción deja de inspirar
tedio. Con ser tan miserables los recursos materiales consagrados a su
subsistencia, quizá todavía exceden al beneficio que produce.
1879
domingo, 26 de mayo de 2013
La experiencia en la sociedad actual
En nuestros libros de cuentos está la fábula del anciano que en
su lecho de muerte hace saber a sus hijos que en su viña hay un tesoro
escondido. Sólo tienen que cavar. Cavaron, pero ni rastro del tesoro. Sin
embargo cuando llega el otoño, la viña aporta como ninguna otra en toda la
región. Entonces se dan cuenta de que el padre les legó una experiencia: la
bendición no está en el oro, sino en la laboriosidad. Mientras crecíamos nos
predicaban experiencias parejas en son de amenaza o para sosegarnos: «Este
jovencito quiere intervenir. Ya irás aprendiendo». Sabíamos muy bien lo que era
experiencia: los mayores se la habían pasado siempre a los más jóvenes. En
términos breves, con la autoridad de la edad, en proverbios; prolijamente, con
locuacidad, en historias; a veces como una narración de países extraños, junto a
la chimenea, ante hijos y nietos. ¿Pero dónde ha quedado todo eso? ¿Quién
encuentra hoy gentes capaces de narrar como es debido? ¿Acaso dicen hoy los
moribundos palabras perdurables que se transmiten como un anillo de generación a
generación? ¿A quién le sirve hoy de ayuda un proverbio? ¿Quién intentará
habérselas con la juventud apoyándose en la experiencia?
La cosa está clara: la cotización de la experiencia ha bajado y
precisamente en una generación que de 1914 a 1918 ha tenido una de las
experiencias más atroces de la historia universal. Lo cual no es quizás tan raro
como parece. Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo
de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia
comunicable. Y lo que diez años después se derramó en la avalancha de libros
sobre la guerra era todo menos experiencia que mana de boca a oído. No, raro no
era. Porque jamás ha habido experiencias, tan desmentidas como las estratégicas
por la guerra de trincheras, las económicas por la inflación, las corporales por
el hambre, las morales por el tirano. Una generación que había ido a la escuela
en tranvía tirado por caballos, se encontró indefensa en un paisaje en el que
todo menos las nubes había cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de
explosiones y corrientes destructoras estaba el mínimo, quebradizo cuerpo
humano.
Una pobreza del todo nueva ha caído sobre el hombre al tiempo
que ese enorme desarrollo de la técnica. Y el reverso de esa pobreza es la
sofocante riqueza de ideas que se dio entre la gente. O más bien que se les vino
encima al reanimarse la astrología y la sabiduría del yoga, la Christian Science
y la quiromancia, el vegetarianismo y la gnosis, la escolástica y el
espiritismo. Porque además no es un reanimarse auténtico, sino una galvanización
lo que tuvo lugar. Se impone pensar en los magníficos cuadros de Ensor en los
que los duendes llenan las calles de las grandes ciudades: horteras disfrazados
de carnaval, máscaras desfiguradas, empolvadas de harina, con coronas de oropel
sobre las frentes, deambulan imprevisibles a lo largo de las callejuelas. Quizás
esos cuadros sean sobre todo una copia del renacimiento caótico y horripilante
en el que tantos ponen sus esperanzas. Pero desde luego está clarísimo: la
pobreza de nuestra experiencia no es sino una parte de la gran pobreza que ha
cobrado rostro de nuevo y tan exacto y perfilado como el de los mendigos en la
Edad Media. ¿Para qué valen los bienes de la educación si no nos une a ellos la
experiencia? Y adónde conduce simularla o solaparla es algo que la espantosa
malla híbrida de estilos y cosmovisiones en el siglo pasado nos ha mostrado con
tanta claridad que debemos tener por honroso confesar nuestra pobreza. Sí,
confesémoslo: la pobreza de nuestra experiencia no es sólo pobre en experiencias
privadas, sino en las de la humanidad en general. Se trata de una especie de
nueva barbarie.
¿Barbarie? Así es de hecho. Lo decimos para introducir un
concepto nuevo, positivo de barbarie. ¿Adónde le lleva al bárbaro la pobreza de
experiencia? Le lleva a comenzar desde el principio; a empezar de nuevo; a
pasárselas con poco; a construir desde poquísimo y sin mirar ni a diestra ni a
siniestra. Entre los grandes creadores siempre ha habido implacables que lo
primero que han hecho es tabula rasa. Porque querían tener mesa para dibujar,
porque fueron constructores. Un constructor fue Descartes que por de pronto no
quiso tener para toda su filosofía nada más que una única certeza: «Pienso,
luego existo». Y de ella partió. También Einstein ha sido un constructor al que
de repente de todo el ancho mundo de la física sólo le interesó una mínima
discrepancia entre las ecuaciones de Newton y las experiencias de la astronomía.
Y este mismo empezar desde el principio lo han tenido presente los artistas al
atenerse a las matemáticas y construir, como los cubistas, el mundo con formas
estereométricas. Paul Klee, por ejemplo, se ha apoyado en los ingenieros. Sus
figuras se diría que han sido proyectadas en el tablero y que obedecen, como un
buen auto obedece hasta en la carrocería sobre todo a las necesidades del motor,
sobre todo a lo interno en la expresión de sus gestos. A lo interno más que a la
interioridad: que es lo que las hace bárbaras.
Hace largo tiempo que las mejores cabezas han empezado aquí y
allá a hacer versos a estas cosas. Total falta de ilusión sobre la época y sin
embargo una confesión sin reticencias en su favor: es característico. Da lo
mismo que el poeta Bertolt Brecht constate que el comunismo no es un justo
reparto de la riqueza sino de la pobreza, o que el precursor de la arquitectura
moderna, Adolf Loos, explique: «Escribo, únicamente para hombres que poseen una
sensibilidad moderna. Para hombres que se consumen en la añoranza del
Renacimiento o del Rococó, para esos no escribo». Un artista tan intrincado como
el pintor Paul Klee y otro tan programático como Loos, ambos rechazan la imagen
tradicional, solemne, noble del hombre, imagen adornada con todas las ofrendas
del pasado, para volverse hacia el contemporáneo desnudo que grita como un
recién nacido en los pañales sucios de esta época. Nadie le ha saludado más
risueña, más alegremente que Paul Scheerbart. En sus novelas, que de lejos
parecen como de Jules Verne, se ha interesado Scheerbart (a diferencia de Verne
que hace viajar por el espacio en los más fantásticos vehículos a pequeños
rentistas ingleses o franceses), por cómo nuestros telescopios, nuestros aviones
y cohetes convierten al hombre de antaño en una criatura nueva digna de atención
y respeto. Por cierto que esas criaturas hablan ya en una lengua enteramente
distinta. Y lo decisivo en ella es un trazo caprichosamente constructivo, esto
es contrapuesto al orgánico. Resulta inconfundible en el lenguaje de las
personas o más bien de las gentes de Scheerbart; ya que rechazan la semejanza
entre los hombres, principio fundamental del humanismo. Incluso en sus nombres
propios: Peka, Labu, Sofanti, así se llaman las gentes en el libro que tiene
como título el nombre de su héroe: «Lesabendio». También los rusos gustan dar a
sus hijos nombres «deshumanizados»: los llaman «Octubre» según el mes de la
revolución, o «Pjatiletka» según el plan quinquenal, o «Awischim» según una
sociedad de líneas aéreas. No se trata de una renovación técnica del lenguaje,
sino de su movilización al servicio de la lucha o del trabajo; en cualquier caso
al servicio de la modificación de la realidad y no de su descripción.
Pobreza de la experiencia: no hay que entenderla como si los
hombres añorasen una experiencia nueva. No; añoran liberarse de las
experiencias, añoran un mundo entorno en el que puedan hacer que su pobreza, la
externa y por último también la interna, cobre vigencia tan clara, tan
limpiamente que salga de ella algo decoroso. No siempre son ignorantes o
inexpertos. Con frecuencia es posible decir todo lo contrario: lo han «devorado»
todo, «la cultura» y «el hombre», y están sobresaturados y cansados. Nadie se
siente tan concernido como ellos por las palabras de Scheerbart: «Estáis todos
tan cansados, pero sólo porque no habéis concentrado todos vuestros pensamientos
en un plan enteramente simple y enteramente grandioso». Al cansancio le sigue el
sueño, y no es raro por tanto que el ensueño indemnice de la tristeza y del
cansancio del día y que muestre realizada esa existencia enteramente simple,
pero enteramente grandiosa para la que faltan fuerzas en la vigilia. La
existencia del ratón Mickey es ese ensueño de los hombres actuales. Es una
existencia llena de prodigios que no sólo superan los prodigios técnicos, sino
que se ríen de ellos. Ya que lo más notable de ellos es que proceden todos sin
maquinaria, improvisados, del cuerpo del ratón Mickey, del de sus compañeros y
sus perseguidores, o de los muebles más cotidianos, igual que si saliesen de un
árbol, de las nubes o del océano. Naturaleza y técnica, primitivismo y confort
van aquí a una, y ante los ojos de las gentes, fatigadas por las complicaciones
sin fin de cada día y cuya meta vital no emerge sino como lejanísimo punto de
fuga en una perspectiva infinita de medios, aparece redentora una existencia que
en cada giro se basta a sí misma del modo más simple a la par que más
confortable, y en la cual un auto no pesa más que un sombrero de paja y la fruta
en el árbol se redondea tan deprisa como la barquilla de un globo. Pero
mantengamos ahora distancia, retrocedamos.
Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras
otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la
casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la
pequeña moneda de lo «actual». La crisis económica está a las puertas y tras
ella, como una sombra, la guerra inminente. Aguantar es hoy cosa de los pocos
poderosos que, Dios lo sabe, son menos humanos que muchos; en el mayor de los
casos son más bárbaros, pero no de la manera buena. Los demás en cambio tienen
que arreglárselas partiendo de cero y con muy poco. Lo hacen a una con los
hombres que desde el fondo consideran lo nuevo como cosa suya y lo fundamentan
en atisbos y renuncia. En sus edificaciones, en sus imágenes y en sus historias
la humanidad se prepara a sobrevivir, si es preciso, a la cultura. Y lo que
resulta primordial, lo hace riéndose. Tal vez esta risa suene a algo bárbaro.
Bien está. Que cada uno ceda a ratos un poco de humanidad a esa masa, que un día
se la devolverá con intereses, incluso con interés compuesto.
viernes, 12 de octubre de 2012
Chispazos
De pronto hay algo donde antes no había nada. De un momento a otro la desolación se ha convertido en fervor y la esterilidad en deslumbramiento. En la conciencia vacía o en la hoja o en la pantalla en blanco ahora hay una primera frase o un verso completo. En la imaginación ha surgido una música llegada de no se sabe dónde. Las horas o días de trabajo tedioso quedan cancelados por una súbita sensación de ligereza. Lo imposible ahora se ha alcanzado sin apariencia de empeño. Lo que era difícil se ha vuelto fácil o ha resultado ser difícil y fácil a la vez. El esfuerzo consciente se ha revelado superfluo porque alguien que no parece exactamente uno mismo ha susurrado una solución. A partir de ahora el trabajo no será menos exigente, pero sí más fluido y más grato.
La palabra susurrar es adecuada: la inspiración es un soplo. Las imágenes que aluden a esa experiencia contienen el aliento y también la luz: la claridad súbita que revela lo hasta entonces oculto. En el querido vocabulario de los cómics la idea súbita es una bombilla que se enciende en el cerebro o encima de él, quizás derivada de las lenguas de fuego que señalaron la presencia del Espíritu Santo sobre las cabezas de los apóstoles. Los símbolos evolucionan con la tecnología: la inspiración es una llama cuando la noche se iluminaba con candelas de aceite y una bombilla en la era de la electricidad.
Cualquiera que haga tareas que requieren algún tipo de invención conoce tales momentos, pero elude mencionarlos, por miedo a los malentendidos: a no ser tomado en serio, a ser tomado por un místico o un romántico, a que se piense que si todo depende de una ocurrencia súbita no hay mayor mérito en el logro, o cualquiera puede aspirar a él. El problema se agrava en sociedades ásperas que desconfían de la inteligencia y consideran parásitos o estafadores a quienes de un modo u otro dedican sus vidas a trabajos relacionados con ella.
Para que los profesores lo miren con la adecuada seriedad y para que sus paisanos no lo apedreen o al menos no lo miren como a un payaso el escritor, el artista o el músico engolan la voz al hablar de sus oficios, y resaltan con razón la parte que hay en ellos, siempre, de entrega y disciplina, de tesón y control, de revisión permanente. Pero rara vez hablan, hablamos, de aquello sin lo cual todo el esfuerzo y toda la perseverancia no sirven para nada y no llevan a ninguna parte, esa revelación súbita de la que nace muchas veces una canción, una historia, un poema, el prodigio inexplicable de lo que no es el resultado del pensamiento racional, ni del propósito consciente, sino del más puro azar, lo que llega no cuando se lo busca y se lo espera, sino precisamente cuando se ha dejado de buscar, cuando se estaba buscando con obstinación otra cosa.
Un libro, en mi experiencia, no es la realización de un proyecto, un edificio que deriva exactamente del trazado de los planos. Es algo que llega de pronto y que uno sigue medio a tientas, guiado como máximo por algo parecido a esa brújula de la que habla Javier Marías; una brújula, en cualquier caso, de eficacia incierta, de movimientos caprichosos de aguja: quizás una brújula que hay que consultar de noche a la luz de una llama que en cualquier momento puede apagarse. Uno no escribe para contar lo que sabe, sino para saber lo que cuenta. El plano, cuando llega a existir, existe como un fogonazo, y lo que ilumina son casi siempre conexiones inesperadas entre cosas que hasta ese mismo momento parecían muy alejadas entre sí. Marcel Proust creyó que estaba escribiendo un ensayo sobre el crítico Sainte-Beuve que a él mismo le parecía tedioso y en el que había trabajado con desgana durante años: de pronto, una tarde, instigado por el sabor más célebre de la literatura, el tedio se convirtió en arrebato y la dificultad de inventar en un casi delirio de imágenes y situaciones. En el duermevela del despertar Richard Wagner escuchó el acorde del que derivaría todo el inmenso edificio sonoro del Anillo del Nibelungo. El máximo desaliento había precedido a la mayor enajenación creadora.
Desde los griegos la inspiración inventiva se asoció a lo sobrenatural: en la etimología de la palabra entusiasmo está la idea de la posesión por un dios. Una de las maravillas de vivir en estos tiempos es la posibilidad de asistir a la confluencia entre la poesía y el conocimiento científico. Escáneres e imágenes magnéticas están favoreciendo una precisión cada vez mayor en el estudio de los procesos cerebrales, al mismo tiempo que la biología molecular permite conocer el sustento físico de la imaginación y la memoria. Jonah Lehrer, un divulgador de éxito especializado en la neurociencia, acaba de publicar Imagine: How Creativity Works, un libro sobre los descubrimientos en ese campo que parecía el más escurridizo y misterioso de todos: de dónde viene lo que parece surgido instantáneamente de la nada; lo intuido, lo medio soñado, lo que se escribe o se toca en un estado como de sonambulismo, la ocurrencia de un poema o de una melodía y también la de una de esas modestas invenciones que en seguida se vuelven obvias pero en las que nunca había pensado nadie: la cinta adhesiva, por ejemplo, el post-it, la canción Like a Rolling Stone de Bob Dylan, la mopa desechable, un poema de Auden, el eslogan I Love New York con el corazón rojo en el centro, el velcro, los primeros dramas históricos de Shakespeare; tantas de las cosas que implican el que según Lehrer es el más importante de nuestros talentos: la capacidad de imaginar lo que nunca antes ha existido.
En todos estos hallazgos dispares hay un cierto número de elementos comunes. Hay una mezcla de tozudez y capitulación: justo cuando se abandona después de un largo esfuerzo que no ha tenido fruto es cuando aparece lo que ya no se buscaba. Hay disciplina pero también hay jubiloso abandono: después de haberse adiestrado durante muchos años en el control absoluto de su instrumento un músico de jazz puede permitirse improvisar en un estado en el que el flujo de la electricidad y de la sangre en su cerebro se parece mucho al de la mente que sueña. Hay una memoria operativa que puede trabajar al mismo tiempo con una rica variedad de ideas e imágenes y hallar conexiones y similitudes sorprendentes. El inventor del velcro pensó de pronto en esas semillas pinchudas que se le quedaban adheridas en el lomo a su perro lanudo. El del post-it, un hombre muy religioso, perdía siempre los papelitos con los que separaba las páginas de su libro de himnos, y se acordó de un pegamento muy débil del que había oído hablar distraídamente hacía algún tiempo. Joyce conectó el mito de Ulises y el del Judío Errante con un día en la vida de un pobre hombre cualquiera de Dublín.
Chispazos así llegan de tarde en tarde, si llegan. Uno trabaja a diario con la esperanza, con la superstición de merecerlos.
Corrección: la semana pasada escribí que no hay una buena biografía de Luis Cernuda. Jordi Doce y otros lectores se han apresurado a corregir mi inexcusable ignorancia: Tusquets ha publicado una gran biografía de Cernuda escrita por Antonio Rivero Taravillo.
JAVIER GOMÁ LANZÓN
Qué imagen tenemos de nosotros mismos? Para el hombre moderno, la más elevada representación de la subjetividad se halla en la figura del artista y, a su vez, la suprema realización del artista se encarna en el genio. Un genio es para Kant alguien que se parece a la Naturaleza en su producción de originalidad y novedad incesantes (natura naturans). No imita las reglas de nadie porque, al contrario, él da la regla a los demás y es fuente de toda normatividad. Su obrar es inconsciente y espontáneo como una erupción volcánica, y por eso el aprendizaje de su don, demasiado singular, queda excluido. Kant presupone que un genio es un fenómeno excepcional que se produce rara vez, pero, por un curioso proceso de generalización, hoy su concepto se ha masificado y constituye el ideal al que aspira el hombre corriente y con el que se mide para comprenderse a sí mismo. Para él lo más genuinamente individual de su individualidad reside en aquello que comparte con el artista genial: su espontaneidad creadora, su originalidad, su diferencia comparativa. Observa Herder que así como no hay en la naturaleza dos hojas iguales, así tampoco hay dos rostros iguales y menos dos hombres: “Todo hombre acaba por constituir su propio mundo, semejante, sí, en su manifestación externa, pero estrictamente individual en su interior e irreductible a la medida de otro individuo”. Y el hecho de saberse distinto, único e irrepetible como un genio le confiere su dignidad exclusiva como ser humano. Dice Kant que “todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad”, para a continuación concluir que el hombre es la única entidad que posee dignidad, no precio, y no puede ser sustituido por nada equivalente.
Y, sin embargo, lo que es válido como ideal no se verifica en la realidad. Pese a ser poseedores de dignidad hors de commerce, de hecho los hombres recibimos a diario el tratamiento de aquellas mercaderías que tienen precio. Nos parecemos a las cosas fungibles y consumibles que cataloga nuestro venerable Código Civil. Fungibles porque en la sociedad —en particular en la urbana, masificada y burocratizada— el yo, desprendido de la gran cadena del ser, sin árbol genealógico, sin mitología, experimenta a cada paso su irrelevancia en el gran anonimato mundial. Nos administran con un número en los listados públicos: de contribuyentes, de votantes, de afiliados a la Seguridad Social. Rubachof, el protagonista de El cero y el infinito, la novela de Koestler, afirma que el yo individual es una ficción gramatical y lo define como “una multitud de un millón dividida por un millón”. Y además de fungibles, somos también consumibles, porque experimentamos en nuestras carnes hasta qué punto, como le pasa al amor de tanto usarlo, también nuestro yo se va agotando poco a poco en el oficio de vivir y envejecer.
Infinito para sí mismo, cero para el todo social. Genios irrepetibles a la vez que uno más del montón. Con dignidad pero también con precio. He aquí nuestro extraño sino: el de ser únicos pero no irrepetibles sino perfectamente repetibles-sustituibles-consumibles. En el interior, un sentimiento oceánico; en el exterior, una vaciedad político-social. Estos dos polos nos constituyen a partes iguales y sabemos que nunca se dejarán conciliar porque esa tensión pertenece a la trama misma de la vida humana. Imposible una síntesis superadora mientras alientes sobre la tierra.
No quiero dejarte, lector solícito, con la ansiedad de desconocer cómo terminó el episodio clínico que motivó estas graves consideraciones filosóficas. Te agradará saber que afortunadamente no era un infarto múltiple. Eran gases.
De la bóveda en una gruta de Nueva Zelanda cuelgan millares de estalactitas de luz que parpadean verticalmente como en un bosque de árboles de Navidad. En algunas bahías del Caribe el que se baña de noche o hunde la mano en el agua sobre la borda de una barca ve un resplandor líquido que no es el reflejo de la Luna ni de ninguna otra luz exterior, sino la irradiación de organismos unicelulares de plancton. En las aguas más oscuras de algunos océanos se ven pequeñas luces blancas moviéndose de un lado a otro como luciérnagas submarinas. En los bosques de Indonesia hay árboles en los que chispazos de luz verdosa se repiten en todas las ramas y en casi todas las hojas, apagándose y encendiéndose a un ritmo variable. Muy hondos bajo la tierra hay escarabajos ciegos que tienen en la cabeza dos puntas redondas y rojas que brillan en la oscuridad, y largos gusanos que parecen trenes sinuosos con un faro rojo en la proa de la locomotora. Medusas transparentes se mueven en la superficie del mar como tulipas azuladas. En las noches lentas y cálidas del principio del verano, en el parque de grandes robles y arces y praderas jugosas a la orilla del Hudson, las luciérnagas trazan en el aire, en las zonas de penumbra más allá de las farolas, rápidos garabatos verdes, y la hierba se llena de puntos luminosos.
Como a los insectos voladores, que al parecer se guían por la Luna, nos atraen las luces en la oscuridad. Veíamos de niños las brasas de los cigarrillos de los adultos en las calles poco iluminadas, las velas en las capillas de las iglesias y esas lámparas de aceite que se encendían en los dormitorios de las casas la noche de los Difuntos: ruedas lisas de cartón de naipe con una mecha encendida flotando en una taza de aceite. Con los ojos de par en par mirábamos los números fosforescentes de los despertadores brillando en la oscuridad. En casa de una tía mía me subyugaba el invento moderno de un crucificado que no estaba clavado en una cruz de madera, como en el dormitorio más antiguo de mis padres, sino en una de cristal translúcido que fosforecía por dentro. Una linterna encendida bajo las sábanas hacía que la cama de uno se pareciera a aquellas tiendas de lona de los exploradores en África, iluminadas por dentro como fanales por lámparas de keroseno con una tulipa de cristal, en las noches falsas del cine. Mientras la heroína dormía era preceptivo que sobre la lona de la tienda se perfilara la silueta de un leopardo al que daría fin en el último momento con un disparo de su fusil infalible el héroe cazador.
Voy al Museo de Historia Natural de Nueva York cada vez que puedo, y siempre me veo sumergido en ese tipo de emociones primitivas, esos asombros que lindan por un lado con la fascinación de la ciencia y por el otro con la imaginación infantil. Voy para ver alguna exposición en particular o para perderme y dejarme llevar por esas salas medio en penumbra que son la enciclopedia en tres dimensiones del conocimiento humano y de la variedad ilimitada del mundo. Voy a veces con un propósito muy definido y cuando llego allí el propósito se me olvida y acabo perdiéndome en los sótanos de los minerales y de los meteoritos o en esas galerías de la última planta en las que se suceden los esqueletos fósiles de los dinosaurios y los de los mamuts y los mastodontes que cazaron hasta la extinción nuestros antepasados de no hace más de quince mil años. Voy a ver los arcos y flechas y los muñecos de trapo con que jugaban los niños en las tribus indias de las praderas, las ballenas que tallaban en marfil de morsa los Inuit, las máscaras de osos, de zorros, de salmones, de muertos, que usaban los indios de la costa noroeste del Pacífico, los cestos impermeables hechos con hierbas entrelazadas en los que recogían el agua. Voy a ver el corte en profundidad de la tierra de una granja en cada una de las estaciones del año, con su misterio de túneles y de cámaras secretas en las que los roedores guardan para el invierno sus tesoros de bellotas, y ese tronco de una secuoya en cuyos anillos concéntricos está marcada la fecha del nacimiento de Cristo, la de la caída de Constantinopla, la de la llegada de Colón a América.
Las horas se van sin que me dé cuenta, sin que se disipe ese estado de deslumbramiento en el que dejo de ser quien soy y puedo convertirme en un chico con la vida entera por delante que descubre de golpe su vocación de botánico o de biólogo o geólogo o físico. Hoy, esta última vez, el entusiasmo que he descubierto es el estudio de la bioluminiscencia. Quién no desearía ser uno de esos biólogos que descubren los patrones matemáticos en los parpadeos de las luciérnagas, o el mecanismo mediante el cual los ojos de los peces de las profundidades submarinas pueden detectar en la total oscuridad las muestras más tenues de luz. De todo eso trata la exposición que he venido a ver, Creatures of Light. Después de una puerta de cristal uno se interna en esa penumbra en la que viven las criaturas luminosas; casi tanteando, al principio, recién llegado de la claridad excesiva de la mañana de abril, ajustando la pupila. Por las alturas se enciende y se apaga una de esas maquetas que dan al museo ese aire de película fantástica de bajo presupuesto de los años cincuenta, una luciérnaga aumentada doscientas cincuenta veces, grande como un pato, con sus dos pares de alas, las unas protectoras, las otras membranosas y útiles para el vuelo, el vientre iluminándose gracias a esa reacción química que produce una claridad fría.
Maravillarse y aprender. Estimular la fabulosa capacidad humana para el conocimiento. ¿Quién necesita las fantasías tóxicas de las supersticiones religiosas, la brujería, los caprichos extravagantes del arte? Las luciérnagas macho vuelan trazando giros específicos que dejan como una firma genética en la oscuridad; en la hierba, las hembras emiten sus parpadeos, que varían según cada especie, para atraer a los machos que les parecen más prometedores. Ese centelleo que yo he observado con tanta distracción en las noches de verano es un alucinante sistema de signos a través del cual criaturas que no van a vivir más de dos semanas se aseguran la reproducción. En Indonesia, millares de machos se posan en las ramas de los árboles y sincronizan sus señales en un solo resplandor. Algunas veces, una hembra finge la intermitencia luminosa de una especie que no es la suya. Los investigadores la llaman femme fatale: el macho de la especie aludida vuela hacia ella y es inmediatamente devorado.
Criaturas marinas microscópicas captan la luz solar y la emiten de noche, y no se sabe si son animales o son plantas, porque se nutren a través de la fotosíntesis pero también absorbiendo a otros organismos. Corales submarinos resplandecen como grandes retablos barrocos. Escribo sobre estas cosas y tengo la sensación de haberlas soñado.
La palabra susurrar es adecuada: la inspiración es un soplo. Las imágenes que aluden a esa experiencia contienen el aliento y también la luz: la claridad súbita que revela lo hasta entonces oculto. En el querido vocabulario de los cómics la idea súbita es una bombilla que se enciende en el cerebro o encima de él, quizás derivada de las lenguas de fuego que señalaron la presencia del Espíritu Santo sobre las cabezas de los apóstoles. Los símbolos evolucionan con la tecnología: la inspiración es una llama cuando la noche se iluminaba con candelas de aceite y una bombilla en la era de la electricidad.
Cualquiera que haga tareas que requieren algún tipo de invención conoce tales momentos, pero elude mencionarlos, por miedo a los malentendidos: a no ser tomado en serio, a ser tomado por un místico o un romántico, a que se piense que si todo depende de una ocurrencia súbita no hay mayor mérito en el logro, o cualquiera puede aspirar a él. El problema se agrava en sociedades ásperas que desconfían de la inteligencia y consideran parásitos o estafadores a quienes de un modo u otro dedican sus vidas a trabajos relacionados con ella.
Para que los profesores lo miren con la adecuada seriedad y para que sus paisanos no lo apedreen o al menos no lo miren como a un payaso el escritor, el artista o el músico engolan la voz al hablar de sus oficios, y resaltan con razón la parte que hay en ellos, siempre, de entrega y disciplina, de tesón y control, de revisión permanente. Pero rara vez hablan, hablamos, de aquello sin lo cual todo el esfuerzo y toda la perseverancia no sirven para nada y no llevan a ninguna parte, esa revelación súbita de la que nace muchas veces una canción, una historia, un poema, el prodigio inexplicable de lo que no es el resultado del pensamiento racional, ni del propósito consciente, sino del más puro azar, lo que llega no cuando se lo busca y se lo espera, sino precisamente cuando se ha dejado de buscar, cuando se estaba buscando con obstinación otra cosa.
Un libro, en mi experiencia, no es la realización de un proyecto, un edificio que deriva exactamente del trazado de los planos. Es algo que llega de pronto y que uno sigue medio a tientas, guiado como máximo por algo parecido a esa brújula de la que habla Javier Marías; una brújula, en cualquier caso, de eficacia incierta, de movimientos caprichosos de aguja: quizás una brújula que hay que consultar de noche a la luz de una llama que en cualquier momento puede apagarse. Uno no escribe para contar lo que sabe, sino para saber lo que cuenta. El plano, cuando llega a existir, existe como un fogonazo, y lo que ilumina son casi siempre conexiones inesperadas entre cosas que hasta ese mismo momento parecían muy alejadas entre sí. Marcel Proust creyó que estaba escribiendo un ensayo sobre el crítico Sainte-Beuve que a él mismo le parecía tedioso y en el que había trabajado con desgana durante años: de pronto, una tarde, instigado por el sabor más célebre de la literatura, el tedio se convirtió en arrebato y la dificultad de inventar en un casi delirio de imágenes y situaciones. En el duermevela del despertar Richard Wagner escuchó el acorde del que derivaría todo el inmenso edificio sonoro del Anillo del Nibelungo. El máximo desaliento había precedido a la mayor enajenación creadora.
Desde los griegos la inspiración inventiva se asoció a lo sobrenatural: en la etimología de la palabra entusiasmo está la idea de la posesión por un dios. Una de las maravillas de vivir en estos tiempos es la posibilidad de asistir a la confluencia entre la poesía y el conocimiento científico. Escáneres e imágenes magnéticas están favoreciendo una precisión cada vez mayor en el estudio de los procesos cerebrales, al mismo tiempo que la biología molecular permite conocer el sustento físico de la imaginación y la memoria. Jonah Lehrer, un divulgador de éxito especializado en la neurociencia, acaba de publicar Imagine: How Creativity Works, un libro sobre los descubrimientos en ese campo que parecía el más escurridizo y misterioso de todos: de dónde viene lo que parece surgido instantáneamente de la nada; lo intuido, lo medio soñado, lo que se escribe o se toca en un estado como de sonambulismo, la ocurrencia de un poema o de una melodía y también la de una de esas modestas invenciones que en seguida se vuelven obvias pero en las que nunca había pensado nadie: la cinta adhesiva, por ejemplo, el post-it, la canción Like a Rolling Stone de Bob Dylan, la mopa desechable, un poema de Auden, el eslogan I Love New York con el corazón rojo en el centro, el velcro, los primeros dramas históricos de Shakespeare; tantas de las cosas que implican el que según Lehrer es el más importante de nuestros talentos: la capacidad de imaginar lo que nunca antes ha existido.
En todos estos hallazgos dispares hay un cierto número de elementos comunes. Hay una mezcla de tozudez y capitulación: justo cuando se abandona después de un largo esfuerzo que no ha tenido fruto es cuando aparece lo que ya no se buscaba. Hay disciplina pero también hay jubiloso abandono: después de haberse adiestrado durante muchos años en el control absoluto de su instrumento un músico de jazz puede permitirse improvisar en un estado en el que el flujo de la electricidad y de la sangre en su cerebro se parece mucho al de la mente que sueña. Hay una memoria operativa que puede trabajar al mismo tiempo con una rica variedad de ideas e imágenes y hallar conexiones y similitudes sorprendentes. El inventor del velcro pensó de pronto en esas semillas pinchudas que se le quedaban adheridas en el lomo a su perro lanudo. El del post-it, un hombre muy religioso, perdía siempre los papelitos con los que separaba las páginas de su libro de himnos, y se acordó de un pegamento muy débil del que había oído hablar distraídamente hacía algún tiempo. Joyce conectó el mito de Ulises y el del Judío Errante con un día en la vida de un pobre hombre cualquiera de Dublín.
Chispazos así llegan de tarde en tarde, si llegan. Uno trabaja a diario con la esperanza, con la superstición de merecerlos.
Corrección: la semana pasada escribí que no hay una buena biografía de Luis Cernuda. Jordi Doce y otros lectores se han apresurado a corregir mi inexcusable ignorancia: Tusquets ha publicado una gran biografía de Cernuda escrita por Antonio Rivero Taravillo.
JAVIER GOMÁ LANZÓN
Qué imagen tenemos de nosotros mismos? Para el hombre moderno, la más elevada representación de la subjetividad se halla en la figura del artista y, a su vez, la suprema realización del artista se encarna en el genio. Un genio es para Kant alguien que se parece a la Naturaleza en su producción de originalidad y novedad incesantes (natura naturans). No imita las reglas de nadie porque, al contrario, él da la regla a los demás y es fuente de toda normatividad. Su obrar es inconsciente y espontáneo como una erupción volcánica, y por eso el aprendizaje de su don, demasiado singular, queda excluido. Kant presupone que un genio es un fenómeno excepcional que se produce rara vez, pero, por un curioso proceso de generalización, hoy su concepto se ha masificado y constituye el ideal al que aspira el hombre corriente y con el que se mide para comprenderse a sí mismo. Para él lo más genuinamente individual de su individualidad reside en aquello que comparte con el artista genial: su espontaneidad creadora, su originalidad, su diferencia comparativa. Observa Herder que así como no hay en la naturaleza dos hojas iguales, así tampoco hay dos rostros iguales y menos dos hombres: “Todo hombre acaba por constituir su propio mundo, semejante, sí, en su manifestación externa, pero estrictamente individual en su interior e irreductible a la medida de otro individuo”. Y el hecho de saberse distinto, único e irrepetible como un genio le confiere su dignidad exclusiva como ser humano. Dice Kant que “todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad”, para a continuación concluir que el hombre es la única entidad que posee dignidad, no precio, y no puede ser sustituido por nada equivalente.
Y, sin embargo, lo que es válido como ideal no se verifica en la realidad. Pese a ser poseedores de dignidad hors de commerce, de hecho los hombres recibimos a diario el tratamiento de aquellas mercaderías que tienen precio. Nos parecemos a las cosas fungibles y consumibles que cataloga nuestro venerable Código Civil. Fungibles porque en la sociedad —en particular en la urbana, masificada y burocratizada— el yo, desprendido de la gran cadena del ser, sin árbol genealógico, sin mitología, experimenta a cada paso su irrelevancia en el gran anonimato mundial. Nos administran con un número en los listados públicos: de contribuyentes, de votantes, de afiliados a la Seguridad Social. Rubachof, el protagonista de El cero y el infinito, la novela de Koestler, afirma que el yo individual es una ficción gramatical y lo define como “una multitud de un millón dividida por un millón”. Y además de fungibles, somos también consumibles, porque experimentamos en nuestras carnes hasta qué punto, como le pasa al amor de tanto usarlo, también nuestro yo se va agotando poco a poco en el oficio de vivir y envejecer.
Infinito para sí mismo, cero para el todo social. Genios irrepetibles a la vez que uno más del montón. Con dignidad pero también con precio. He aquí nuestro extraño sino: el de ser únicos pero no irrepetibles sino perfectamente repetibles-sustituibles-consumibles. En el interior, un sentimiento oceánico; en el exterior, una vaciedad político-social. Estos dos polos nos constituyen a partes iguales y sabemos que nunca se dejarán conciliar porque esa tensión pertenece a la trama misma de la vida humana. Imposible una síntesis superadora mientras alientes sobre la tierra.
No quiero dejarte, lector solícito, con la ansiedad de desconocer cómo terminó el episodio clínico que motivó estas graves consideraciones filosóficas. Te agradará saber que afortunadamente no era un infarto múltiple. Eran gases.
De la bóveda en una gruta de Nueva Zelanda cuelgan millares de estalactitas de luz que parpadean verticalmente como en un bosque de árboles de Navidad. En algunas bahías del Caribe el que se baña de noche o hunde la mano en el agua sobre la borda de una barca ve un resplandor líquido que no es el reflejo de la Luna ni de ninguna otra luz exterior, sino la irradiación de organismos unicelulares de plancton. En las aguas más oscuras de algunos océanos se ven pequeñas luces blancas moviéndose de un lado a otro como luciérnagas submarinas. En los bosques de Indonesia hay árboles en los que chispazos de luz verdosa se repiten en todas las ramas y en casi todas las hojas, apagándose y encendiéndose a un ritmo variable. Muy hondos bajo la tierra hay escarabajos ciegos que tienen en la cabeza dos puntas redondas y rojas que brillan en la oscuridad, y largos gusanos que parecen trenes sinuosos con un faro rojo en la proa de la locomotora. Medusas transparentes se mueven en la superficie del mar como tulipas azuladas. En las noches lentas y cálidas del principio del verano, en el parque de grandes robles y arces y praderas jugosas a la orilla del Hudson, las luciérnagas trazan en el aire, en las zonas de penumbra más allá de las farolas, rápidos garabatos verdes, y la hierba se llena de puntos luminosos.
Como a los insectos voladores, que al parecer se guían por la Luna, nos atraen las luces en la oscuridad. Veíamos de niños las brasas de los cigarrillos de los adultos en las calles poco iluminadas, las velas en las capillas de las iglesias y esas lámparas de aceite que se encendían en los dormitorios de las casas la noche de los Difuntos: ruedas lisas de cartón de naipe con una mecha encendida flotando en una taza de aceite. Con los ojos de par en par mirábamos los números fosforescentes de los despertadores brillando en la oscuridad. En casa de una tía mía me subyugaba el invento moderno de un crucificado que no estaba clavado en una cruz de madera, como en el dormitorio más antiguo de mis padres, sino en una de cristal translúcido que fosforecía por dentro. Una linterna encendida bajo las sábanas hacía que la cama de uno se pareciera a aquellas tiendas de lona de los exploradores en África, iluminadas por dentro como fanales por lámparas de keroseno con una tulipa de cristal, en las noches falsas del cine. Mientras la heroína dormía era preceptivo que sobre la lona de la tienda se perfilara la silueta de un leopardo al que daría fin en el último momento con un disparo de su fusil infalible el héroe cazador.
Voy al Museo de Historia Natural de Nueva York cada vez que puedo, y siempre me veo sumergido en ese tipo de emociones primitivas, esos asombros que lindan por un lado con la fascinación de la ciencia y por el otro con la imaginación infantil. Voy para ver alguna exposición en particular o para perderme y dejarme llevar por esas salas medio en penumbra que son la enciclopedia en tres dimensiones del conocimiento humano y de la variedad ilimitada del mundo. Voy a veces con un propósito muy definido y cuando llego allí el propósito se me olvida y acabo perdiéndome en los sótanos de los minerales y de los meteoritos o en esas galerías de la última planta en las que se suceden los esqueletos fósiles de los dinosaurios y los de los mamuts y los mastodontes que cazaron hasta la extinción nuestros antepasados de no hace más de quince mil años. Voy a ver los arcos y flechas y los muñecos de trapo con que jugaban los niños en las tribus indias de las praderas, las ballenas que tallaban en marfil de morsa los Inuit, las máscaras de osos, de zorros, de salmones, de muertos, que usaban los indios de la costa noroeste del Pacífico, los cestos impermeables hechos con hierbas entrelazadas en los que recogían el agua. Voy a ver el corte en profundidad de la tierra de una granja en cada una de las estaciones del año, con su misterio de túneles y de cámaras secretas en las que los roedores guardan para el invierno sus tesoros de bellotas, y ese tronco de una secuoya en cuyos anillos concéntricos está marcada la fecha del nacimiento de Cristo, la de la caída de Constantinopla, la de la llegada de Colón a América.
Las horas se van sin que me dé cuenta, sin que se disipe ese estado de deslumbramiento en el que dejo de ser quien soy y puedo convertirme en un chico con la vida entera por delante que descubre de golpe su vocación de botánico o de biólogo o geólogo o físico. Hoy, esta última vez, el entusiasmo que he descubierto es el estudio de la bioluminiscencia. Quién no desearía ser uno de esos biólogos que descubren los patrones matemáticos en los parpadeos de las luciérnagas, o el mecanismo mediante el cual los ojos de los peces de las profundidades submarinas pueden detectar en la total oscuridad las muestras más tenues de luz. De todo eso trata la exposición que he venido a ver, Creatures of Light. Después de una puerta de cristal uno se interna en esa penumbra en la que viven las criaturas luminosas; casi tanteando, al principio, recién llegado de la claridad excesiva de la mañana de abril, ajustando la pupila. Por las alturas se enciende y se apaga una de esas maquetas que dan al museo ese aire de película fantástica de bajo presupuesto de los años cincuenta, una luciérnaga aumentada doscientas cincuenta veces, grande como un pato, con sus dos pares de alas, las unas protectoras, las otras membranosas y útiles para el vuelo, el vientre iluminándose gracias a esa reacción química que produce una claridad fría.
Maravillarse y aprender. Estimular la fabulosa capacidad humana para el conocimiento. ¿Quién necesita las fantasías tóxicas de las supersticiones religiosas, la brujería, los caprichos extravagantes del arte? Las luciérnagas macho vuelan trazando giros específicos que dejan como una firma genética en la oscuridad; en la hierba, las hembras emiten sus parpadeos, que varían según cada especie, para atraer a los machos que les parecen más prometedores. Ese centelleo que yo he observado con tanta distracción en las noches de verano es un alucinante sistema de signos a través del cual criaturas que no van a vivir más de dos semanas se aseguran la reproducción. En Indonesia, millares de machos se posan en las ramas de los árboles y sincronizan sus señales en un solo resplandor. Algunas veces, una hembra finge la intermitencia luminosa de una especie que no es la suya. Los investigadores la llaman femme fatale: el macho de la especie aludida vuela hacia ella y es inmediatamente devorado.
Criaturas marinas microscópicas captan la luz solar y la emiten de noche, y no se sabe si son animales o son plantas, porque se nutren a través de la fotosíntesis pero también absorbiendo a otros organismos. Corales submarinos resplandecen como grandes retablos barrocos. Escribo sobre estas cosas y tengo la sensación de haberlas soñado.
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